¡Amar a Dios! 1ra parte

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Los seres humanos llevamos el aliento de Dios en nosotros mismos. La Biblia dice que Dios, al formar a Adán, sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente. Más allá de las complejidades de tal aseveración está el hecho de que llevamos algo de Dios mismo en nosotros. Este aliento de vida (sea lo que ello signifique), tiene la capacidad para provocar una doble atracción: Dios nos atrae a sí mismo y nosotros experimentamos la necesidad de Dios. Es decir, existe en Dios y en nosotros la necesidad de permanecer en comunión, en armonía; así que el amor a Dios no es otra cosa sino el amar a quien está en nosotros mismos, así como el amor de Dios no es otra cosa sino el que Dios ama lo que de él está en nosotros.

La historia de vida de cada persona explica cómo es que la misma responde al amor de Dios. En el Antiguo Testamento el amor de Dios es entendido como misericordia. Es decir, que Dios ama a quien no merece ningún favor por su pecado. Y es que la historia de vida de cada uno explica las razones por las que nos hemos separado de Dios. Resulta incómodo asumirnos pecadores, pero lo cierto es que lo somos. Tan cierto como que nuestro pecado se ha convertido en rebelión contra Dios, al negarnos a seguir sus mandamientos; como cierto es que al pecar hemos ido contra nosotros mismos, contra nuestros intereses, nuestra conveniencia, nuestra paz y nuestra integridad. Por ello es que el amor de Dios también es entendido como gracia, dado que se trata del amor al culpable. Sí, los seres humanos somos víctimas y culpables de nuestra historia de vida. Sufrimos, cierto, las consecuencias de los errores de otros, pero también sufrimos las consecuencias de nuestras propias equivocaciones.

La Biblia declara que Dios nos ha amado, ha seguido sintiéndose atraído hacia nosotros, a pesar de nosotros mismos. Ro 5.8 Nuestro pecado no ha sido suficiente razón para que Dios renuncie a su propósito de mantener la comunión con nosotros. Más aún, no se trata solo de una atracción nostálgica, sino de un deseo ardiente que la Biblia describe así en Santiago 4.5: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente. Ello explica que Dios se haya propuesto proveer el recurso único para recuperar con la humanidad toda, y con cada uno de nosotros en particular, esa relación armónica que él y nosotros necesitamos. Así, Dios ha provisto en Jesucristo el camino a la recuperación del amor de Dios el Padre. Juan (3.16), lo dice así: Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.

Fijémonos que esta declaración trascendental contiene una condición clave: que todo el que cree en él no se pierda. No muera, traduce DHH. Es decir, Jesucristo, expresión excelente del amor de Dios no es suficiente para cumplir el propósito divino de mantener viva la relación con el hombre. Se requiere que este, que es amado incondicionalmente, actúe en consecuencia ante la evidencia del amor divino. Se espera del hombre que crea; ¿Qué crea qué?, que crea que Dios lo ama.

La respuesta de la persona al amor de Dios empieza en el terreno de la fe, de lo que se cree. El término bíblico pisteu o contiene dos elementos complementarios: primero, se trata de estar persuadido, convencido de algo o de alguien, y luego, de confiar en consecuencia. Creer en la Biblia significa aceptar la validez de algo y actuar en consecuencia. ¿Qué es aquello de lo que debemos estar convencidos?, de que Dios nos ama, hemos dicho. Pero, se trata de entender y acepar que Dios nos ama porque él es amor, no por lo que hemos hecho o dejado de hacer. En no pocos casos, la experiencia de vida nos hace dudar, no de que Dios ame, sino de que él pueda amarnos a nosotros. Y, en verdad, Dios tendría muchas razones para no amarnos, sin embargo lo hace. ¿Por qué?, porque Dios es amor. Asumir esto nos lleva a permanecer confiados en el Señor. A confiar en su disposición favorable para nosotros. Así como los hijos saben que sus padres están favorablemente dispuestos a favor suyo, o los amigos saben que sus amigos están incondicionalmente a favor suyo. O, de plano, como quien tiene una mascota sabe de la disposición de esta a su favor, aun cuando en ocasiones la haya lastimado injustamente. Bueno, todas estas situaciones son apenas débiles intentos de explicar lo que significa permanecer de Dios, a partir del presupuesto de su amor.

Pastor Adoniram Gaxiola

 

 

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