¡Amar a Dios! 2da parte

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Ahora, quien se sabe amado por Dios y permanece en él, se ocupa de guardar los mandamientos del Señor. Nuestro Salvador Jesucristo aseguró: El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él… El que no me ama, no guarda mis palabras. Jn 14.21,24 Jesús se refiere a la necesaria tarea que el creyente tiene de obedecer aquello que garantiza el que se mantenga la relación de amor y armonía entre Dios y él. Contra lo que resulta ser una desafortunada insistencia en los ambientes religiosos, los mandamientos de Jesús no tienen que ver tanto con el no hacer, sino, más bien, con el hacer aquello que nos permite permanecer en Dios.

El amor de Dios da al hombre la oportunidad de que este asuma la responsabilidad de su vida. Lo anima a escoger el bien y lo ayuda a perseverar haciendo lo bueno. Además, el amor de Dios siempre recompensa, siempre facilita y hace viable la bendición, el éxito del creyente. 1 Samuel 2.30; Col 3.24 El amor obliga, cierto, pero también es verdad que el amor recompensa. Por eso es que los mandamientos de Dios no son gravosos, porque siempre el resultado, la bendición que genera el cumplirlos es mucho más rica y enriquecedora que el costo o, aún el sacrificio, que hayamos tenido que hacer para observarlos.

Finalmente, amamos a Dios cuando nuestra respuesta abunda en la fe de Cristo. Me gusta la expresión: que por fe Cristo habite en sus corazones. La fe es una cuestión de relaciones, de nuestra relación con Dios y su Hijo Jesucristo. Su Espíritu Santo mora en nosotros y quiere habitar permanentemente en nuestro corazón. Se trata de un permanecer intenso, no una mera visita, no una cuestión superficial. Siguiendo la figura doméstica, se trata de que Cristo se meta hasta la cocina de nuestro ser y quehacer. La fe, el deseo de algo más, de ir más allá de lo que hemos alcanzado, la convicción del ad maiora nátí sumus (Nacidos para asuntos más nobles), nos lleva a permanecer arraigados y cimentados en amor a Dios, a Cristo y a nuestro prójimo.

Es en el camino, en la zona de incertidumbre y no en la comodidad de nuestra zona de confort, donde podemos descubrir cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo. Respondemos al amor de Dios cuando, por la fe, salimos de las situaciones que impiden o nos amenazan con hacerlo, el que nos mantengamos unidos a Cristo. Cuando nos negamos a permanecer en relaciones indignas, a cultivar actitudes negativas, a detenernos en el camino de la superación personal, familiar y social. Es decir, cuando nos negamos a seguir asumiendo como propio lo que nos es ajeno, lo que no corresponde a nuestra condición de amados de Dios.

Salir al camino y enfrentar el riesgo de la incertidumbre, la soledad, la incomprensión y aún el sacrificio no requiere de mayor conocimiento, ni siquiera de un entendimiento pleno de lo que dejamos y adonde nos dirigimos. Requiere de nuestra confianza, de nuestro responder confiado al amor de Dios. Es en el camino de la fe en el que encontramos la plenitud de Dios. Es cuando respondemos a su amor confiando que se hace cierta en nosotros la promesa divina que dice: Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. Josué 1.5 O, más aun, aquella que nos recuerda: pero el Señor me ha dicho: “Mi amor es todo lo que necesitas; pues mi poder se muestra plenamente en la debilidad.” Así que prefiero gloriarme de ser débil, para que repose sobre mí el poder de Cristo. 2 Corintios 12.9.

Pastor Adoniram Gaxiola

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