El arte de la sencillez. 1ra Parte

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Confío en que este capítulo no te desilusione, ya que no hay demasiado que decir con respecto al arte de lograr la sencillez en la comunicación. Después de todo, es una idea muy simple. No obstante, no siempre es fácil ponerla en práctica.

Hablarles a las personas en su mismo idioma y no hacerlo por encima de sus posibilidades

Un niño en edad preescolar comía una manzana en el asiento trasero de un automóvil. “Papá, ¿Por qué se pone marrón la manzana?” Su padre le explicó: “Esto se debe a que, después de comerte la cascara, la pulpa de manzana entró en contacto con el aire, lo que provocó su oxidación, y por lo tanto le cambió le estructura molecular y le modificó el color”.

Después de un largo silencio, el niño le preguntó: “Papi, ¿me estás hablando a mí?

Muchas personas se sienten así cuando un orador o un líder transmite ideas complejas sin tomarse el trabajo de hacerlas claras y sencillas. En ocasiones me sentí de la misma manera al escuchar a un disertante. Cuando ocurre esto, significa que el comunicador no comprende que disparar por encima de las personas no implica tener mejores municiones, lo único que esto hace es poner en evidencia que eres un pésimo tirador.

Mi primer título universitario fue en teología. Mientras estudiaba, nunca me enseñaron ni me incitaron a hablarle a un auditorio de forma sencilla. En el último año de estudio, recibí un primer premio en un concurso de oratoria. El tema sobre el que diserté no era especialmente atractivo para el público y tampoco lo fue el estilo de mi discurso. Usé oraciones largas y muchas palabras difíciles. Mis profesores estaban impresionados. Yo también lo estaba… hasta que comencé a trabajar en mi primera iglesia, que estaba ubicada en una comunidad rural del sur de Indiana. En seguida me di cuenta que analizar los verbos griegos y ahondar en teología compleja no resultaba de gran interés para los miembros de la congregación.

Las personas a las que me dirigía semanalmente eran como el hombre que escuchaba al oficial de armamento y material de la Marina de Estados Unidos, mientras que este explicaba en gran detalle el funcionamiento de los misiles teledirigidos. Después de la charla, el hombre felicitó al oficial por su brillante exposición y le dijo: “Antes de la conferencia, me encontraba totalmente confundido sobre el funcionamiento de este tipo de misiles”

“¿Y ahora?”, le preguntó el oficial.

“Gracias a usted”, le respondió, “aún sigo tan confundido como antes, pero en un nivel mucho más profundo”.

Una vez que aprendí que mis discursos “brillantes” no eran de utilidad para nadie, comencé a trabajar en modificar mi estilo. Esto significó un esfuerzo pero, como mencioné, pasé de ser un orador que quería impresionar a los demás y me convertí en un disertante que deseaba dejar una huella en ellos. El cambio más significativo fue la simplificación de las ideas complicadas. A medida de que mis oraciones se acortaban, mi congregación crecía. Con el tiempo, me di cuenta de que uno de los mejores cumplidos que podía recibir era: “Pastor, entendí todo lo que dijo. Tiene sentido”.

John C. Maxwell 

     

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