¡El centro de una familia cristiana es Dios!

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Que tranquilidad da saber que Él está entre nosotros, que Él es uno de nosotros, cuando una familia es consciente de que Jesús está en medio de ellos, de que es uno más de ellos, de que vive en su casa, ¡qué paz da Dios!

Hacer de Jesús, nuestro Hermano, el centro de nuestra vida de familia.

La familia cristiana, la que ha puesto a Jesucristo como centro de su vida, que trata de vivir según la voluntad de Dios, que trata de amar como Jesús amó, que consciente de sus limitaciones hace realidad el amor recíproco entre ellos, que trata de que la vida vaya acorde con el pensamiento y con los sentimientos… por experiencia nuestra, esta presencia de Jesús en medio nuestro, primero como matrimonio, después como familia, una presencia que Él mismo prometió: porque “donde dos o más reúnen en mi nombre yo estaré en medio de ellos” (Mt. 18, 20), es real.

Es esta presencia amorosa de Dios en la vida de una familia, la que le da el “verdadero sentido a su vida de familia cristiana” y sólo así la familia cristiana puede ser luz para otras familias. Presencia que se derrama fuera de la familia que ama, porque el amor es la clave para que Dios habite entre nosotros, amarnos como Él nos amó. Si nos amamos así, Dios permanece entre nosotros y permanece en nosotros.

Cuando Mateo habla en 13,44-52 de la perla preciosa, nos emociona pensar que Jesús se nos da a cada familia como la perla preciosa, Sentir como nos dice, que la salvación nos ha llegado a cada casa, no solo es el centro de nuestra vida, sino de nuestra familia. Sentir que Él es el que toma la iniciativa y lo mejor de todo.

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