Comisionado para triunfar.

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En 1898, Langley solicitó del Departamento de Guerra de los Estados Unidos fondos para diseñar y construir un aeroplano que pudiera llevar a un hombre abordo. Le dieron cincuenta mil dólares, una cantidad importante para aquel tiempo. Langley se entregó inmediatamente al trabajo. En 1901 probó con éxito una nave no tripulada que usaba gasolina y que era más pesada que el aire. Era la primera vez en la historia que ocurría tal cosa. Y cuando consiguió los servicios de Charles Manley, un ingeniero para construir un poderoso y nuevo motor liviano basados en los diseños de Stephen Balzar, su éxito parecía inevitable.

El 8 de octubre de 1903 Langley esperaba que sus años de trabajo rindieran sus frutos. Con periodistas y curiosos como testigos, Charles Manley, vistiendo una chaqueta acolchada, caminó a grandes zancadas por la cubierta de una casa flotante modificada y saltó al asiento del piloto de una nave llamada el Great Aerodrome. El aparato motorizado fue instalado sobre una especie de catapulta especialmente construida y diseñada para dar el  impulso inicial al Aerodrome. Pero cuando intentaron su lanzamiento, parte del Aerodrome quedó enganchada en la plataforma y el biplano se hundió en más de cinco metros de agua a menos de cuarenta metros de la casa flotante.

La crítica fue despiadada con Langley. El New York Time,  por ejemplo, publicó lo siguiente:

No fue una sorpresa el ridículo fracaso de la maquina voladora de Langley al intentar una navegación aérea. La máquina voladora que realmente llegue a volar deberá ser desarrollada por esfuerzos combinados y continuos de matemáticos y mecánicos en entre uno y diez millones de años… Sin duda que para quienes se interesan, el problema no deja de tener su atractivo, pero para el hombre ordinario pareciera que los esfuerzos deberían dedicarse a algo más útil.

Frente al fracaso

Al principio, Langley no dejó que el fracaso o las críticas que lo acompañaron lo desalentaran. Ocho semanas más tarde, en el mes de diciembre, él y Manley estaban listos para intentarlo de nuevo. Habían hecho numerosas modificaciones al Aerodrome y una vez más Manley saltó a la cabina desde la cubierta de la casa flotante, lista para hacer historia. Pero como la vez anterior, se produjo el desastre. Esta vez el cable que afirmaba las alas se rompió al momento que el aeroplano era lanzado. Este quedó atascado de nuevo en el riel de lanzamiento y la inercia lo hizo sumergirse en el río. Manley estuvo a punto de perder la vida.

De nuevo las críticas fueron terribles. A su Great Aerodrome  le pusieron “la locura de Langley” y Langley mismo fue acusado de malgastar los fondos públicos. El  New York Time comentó: “Esperamos que el profesor Langley no seguirá poniendo su sustancial grandeza como científico en continuar malgastando su tiempo y el dinero envuelto en más experimentos con aeronaves. No siguió.

Más tarde, Langley diría: “He logrado lo que me proponía demostrar lo práctico de los vuelos mecánicos. Para la etapa siguiente, que es el desarrollo comercial y práctico de la idea, es probable que el mundo busque a otros”. En otras palabras, Langley se estaba dando por vencido. Derrotado y desmoralizado había abandonado su trabajo de décadas por tratar de volar si haber visto jamás uno de sus aviones piloteado surcando los aires. Solo días más tarde, Orville y Wilbur Wright, sin educación, desconocidos y sin recursos, volaron su Flyer I sobre las dunas arenosas de Kitty Hawk, Carolina del Norte.

Dos perspectivas

El escritor J. I. Packer dice: “Un momento de triunfo consciente hace que uno sienta que después de esto nada realmente importa; un momento de desastre consciente lo hace a uno sentir que es el fin de todo. Pero ni el sentimiento es real ni el suceso es lo que pareciera ser”

Los hermanos Wright no se durmieron en los laureles. La emoción de lo logrado aquel día de diciembre de 1903 no los hizo creer que ya estaba todo hecho. Al contrario, siguieron experimentando y trabajando, y finalmente el público reconoció sus triunfos. En contraste, Langley dejó que su momento de desastre lo hiciera pensar que ese era el fin. Abandonó sus experimentos. Dos años más tarde sufrió un derrame y un año después falleció. Y hoy en día, cuando aún los niños de los primeros grados de la escuela han oído de los hermanos Wright, Langley es recordado solo por sus relativamente pocos fiascos en el campo de la aviación.

El primer paso realmente importante en controlar el fracaso es aprender a no personalizarlo sobre la base de saber que su fracaso no lo hace a usted un fracasado.

John C. Maxwell

 

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