Considere el fracaso como un amigo

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Hay muchas personas que consideran a sus fracasos como enemigos.  Miran una caída y miran un enemigo. Esta forma de pensar, en sí misma es un error. El fracaso debe ser considerado como un amigo. Se reacción ante el fracaso determina lo que usted hace con él.  Por ejemplo, si usted trata a su fracaso como un enemigo, lo esconderá. Si falla en una cierta área, deseará salir de ella, sea lo que fuere: un trabajo, un matrimonio, una relación, incluso un hobby. Si trata a su fracaso como un enemigo, tomara demasiado enserio sus errores. Estará lleno de ansiedad. Cada error será una situación de vida o muerte.

Por otra parte, si usted puede ver al fracaso como un amigo, una ayuda, entonces reaccionará positivamente ante él. Solo cuando somos abiertos y honestos en relación con un error, podemos aprender de él. Cuando nos detenemos a pensar cuántas veces realmente arruinamos las cosas, es un desperdicio dejar que esos intentos fallidos se desaprovechen. Así que… aprenda de sus errores, y después aprenda a reírse de ellos. Ningún error es suficientemente grande como para hundir a una persona.

Cuando yo pastoreaba mi primera iglesia, un amigo del seminario también hacia su primer pastorado en un iglesia a unos 30 km de donde yo estaba. Una o dos veces por mes nos reuníamos para comer, junto con nuestras esposas. Dado que yo era bueno en el trabajo, cometía miles de errores, gruesos errores, ¡todos los días! Así que cuando nos reuníamos yo hablaba sobre mis errores y mis fracasos. Después de dos o tres reuniones, me di cuenta de que Mike no comunicaba nada; él y su esposa estaban a la defensiva. Su esposa decía cosas como: “Oh, Mike jamás haría algo como eso”, o “Mike nunca permitió que eso sucediera”. Mi esposa, por otro lado, decía: “¡Tendría que ver como manejó John esa situación!” o “¡Ayer John metió la pata bien a fondo!” Parecía que Mike nunca cometía un error. Si había algún problema en su iglesia, era siempre culpa de los otros.

Cuando Mike ya había pasado su primer año de pastorado, tuve una serie de reuniones en su iglesia. Una noche, mientras cenábamos, Mike comenzó a hablar de los “tontos” que había en su congregación. “Este tonto no hace esto, ese tonto no quiere hacer aquello”. Después de 30 minutos, su conversación ya me daba nauseas. Pensé: “No puedo dejar que esto continúe así para siempre”, así que dejé  el tenedor y le dije: “Mike, quiero decirte algo. ¿Sabes por qué tienes tantos tontos en tu iglesia? Él también dejo su tenedor y respondió; “No, pero me gustaría saberlo”. Así que le dije: “¡Es porque tú eres el más tonto de todos!” De repente, mi digestión mejoró tremendamente, pero ahora el que no podía tragar era Mike.

Dos años después, me llamó por teléfono para decirme que iba a dejar a esos “tontos” para irse a otro estado, a una iglesia que fuera realmente “buena”. Mike no había aprendido nada de sus fracasos, porque los consideraba sus enemigos. Recuerdo que colgué el teléfono y le dije a Margaret: “Mike se va a otra iglesia en otro Estado. Le doy seis meses para que empiece para que empiece a encontrar tontos allí. Si no admite que él es el problema, que él es el que necesita hacer algunos cambios, va a tener más problemas”. Naturalmente, Mike duró unos seis meses en la nueva iglesia. Esta vez, no solo había tontos en la iglesia, sino en la junta del distrito y en todo el liderazgo que lo rodeaba. Así que decidió iniciar su propia iglesia independiente. La última vez que supe de él, había dejado el ministerio. ¿Qué sucedió? Mike siempre había considerado a sus fracasos como enemigos, y siempre había culpado de ellos a otras personas.

Hay mucha verdad en la afirmación de que una persona no es un fracaso hasta que le echa la culpa a otro. ¿Recuerda a Jimmy Durante, el comediante que tenía la nariz tan grande? Muchos se hubieran escondido en un rincón de la vida y tratar de ocultar esa nariz, pero Jimmy no lo hizo. Alguien le preguntó una vez como hacía para aceptar esa nariz tan descomunal, y respondió: “Todos somos narigones” Lo que él quería decir es que todos tenemos peculiaridades. Si nuestra peculiaridad no está en el rostro, está en algún otro lugar; quizás en nuestra mente o en nuestros hábitos. Cuando admitimos que somos “narigones”, en vez de defendernos, sin importar dónde esté nuestra peculiaridad, podemos comenzar a reírnos de nosotros mismos, y el mundo reirá con nosotros.

Haga una pausa por un momento y escriba el último gran error que usted cometió. Debería costarle muy poco recordarlo.

John C. Maxwell

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