Cuando trabajamos para hacernos nuestras las promesas de Dios

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Para conseguirlo primero debemos tomarnos el trabajo de familiarizarnos realmente con ellas. Es sorprendente cuántas promesas hay en las Escrituras, de las que los santos no santos no tienen la menor idea, mucho más, por cuanto ellas son el peculiar tesoro de los creyentes, la sustancia de la herencia de fe que reside en ellos. Verdaderamente, los cristianos ya son los recipientes de bendiciones maravillosas, sin embargo, el capital de su riqueza, lo más importante de su patrimonio, está sólo en el futuro. Han recibido un anticipo, pero la mejor parte de lo que Cristo tiene para ellos se halla todavía en la promesa de Dios. Cuán diligentes, pues, deberíamos ser en el estudio de su testamento, y última voluntad, familiarizándose con las buenas nuevas que el Espíritu “ha revelado” (1ª Corintios 2:10) y procurando hacer inventario de sus tesoros espirituales.

No sólo debo buscar en las Escrituras para encontrar lo que me ha sido entregado por medio del pacto eterno, sino también meditar sobre las promesas, revisarlas una y otra vez mentalmente y pedir a Dios que me dé entendimiento espiritual de las mismas. La abeja no podría extraer miel de las flores si sólo se limitara a contemplarlas. Tampoco el cristiano sacará ningún consuelo o fuerza de las divinas promesas hasta que su fe eche mano y penetre el corazón de las promesas. Dios no nos ha dado la seguridad que el indulgente será alimentado, sino que ha declarado: “el alma de lo diligentes será prosperada” (Proverbios 13:4). Por tanto, Cristo dijo: “Trabajad no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna” (Juan 6:27). Sólo cuando la promesas son atesoradas en la mente, el Espíritu nos las recuerda en aquellos momentos de des mayo cuando mas las necesitamos.

Seminario Reina Valera

 

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