Decisión de un niño

62

Durante el año 1996. Acabábamos de renunciar a la seguridad de la vida en Italia para irnos a la Croacia de la posguerra, todavía convulsionada e inestable. Fuimos a parar a un apartamento grande en las afueras de Rijeka.

Nuestros vecinos eran un colectivo variopinto de refugiados, viudas y ancianos que se dedicaban a criar nietos cuyos padres habían muerto o emigrado en busca de trabajo. Todos habían pasado por experiencias traumáticas durante el trágico conflicto que había terminado poco antes.

Iván vivía en el piso inferior al nuestro. Tenía un ojo parchado, no oía bien y encima sufría de agudísimos dolores de cabeza por un fragmento de metralla que se le había alojado en el cerebro y que los médicos no habían podido extraerle.

Tenía esposa y dos hijas, pero indudablemente le costaba adaptarse a la vida familiar. Ya no era el tipo fornido y sonriente que aparecía en las fotos de la sala de estar de su casa, sino un soldado destrozado que sufría de trastorno por estrés postraumático (TEPT) y se pasaba la mayor parte del tiempo cuidando de sus hijas o abstraído mirando el horizonte.

Mi hijo menor, Jeff, que por entonces contaba 5 años, le tenía un poco de miedo. Yo misma no sabía qué pensar de él. Me daba cuenta de que en realidad nunca había hablado con él, por una parte a causa de los limitados conocimientos de croata que tenía en esa época, pero también porque no sabía lidiar con un sufrimiento tan patente.

Un día le expliqué a Jeff las dificultades de nuestro pobre vecino y por qué lucía un parche en un ojo. Le enseñé a decir: «Molim za vas», que en croata significa: «Estoy orando por ti», y le propuse que se lo dijera a Iván la próxima vez que lo viéramos.

Nunca olvidaré nuestro siguiente encuentro con él. Aquel hombre de aspecto fiero se inclinó para escuchar las palabras que un pequeñuelo de cinco años le susurraba al oído. Luego se enderezó, y alcancé a ver las lágrimas que le rodaban por las mejillas mientras respondía quedamente:

A partir de aquel momento Iván y Jeff se hicieron buenos amigos. Lo visitábamos con frecuencia para cantar, leer la Palabra de Dios y simplemente hacerle compañía.

Poco después Iván pasó a mejor vida. Había batallado con muchos trastornos físicos y con el desaliento, pero en los últimos años encontró solaz y consuelo en Jesús.

Jeff es ahora un hombre hecho y derecho y padre de familia; pero yo todavía recuerdo con cariño el día en que mi pequeño decidió trocar temor por amor.

Anna Perlini. Misionera

Fuente: activated.org

Deja tus comentarios