¿Disfrutar de un buen matrimonio?

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El amor auténtico descansa sobre una base más perdurable que la sola satisfacción carnal. Tiene que haber un deseo desinteresado de proteger, ayudar y hacer feliz a la otra persona.

Mi madre me aconsejaba: “Cásate, no con una chica con la que podrías vivir, sino con esa sin la cual no puedes estar”.

En el matrimonio debe haber tanta igualdad y participación como sea posible. Tiene que haber espacios para trabar conversación, orar juntos, amarse, hablar de las cosas, ponerse de acuerdo y tomar decisiones conjuntas.

Lo más importante e imprescindible en el matrimonio es que los dos tengan confianza en Dios y en Jesucristo. Si se tiene fe, ¡todo es posible!

En el matrimonio uno muere a sí mismo, pero halla una nueva vida.

Dos de las cosas que más contribuyen a la buena marcha de un matrimonio son la sinceridad y el sentido del humor.

No olviden darse las gracias. La gratitud es fundamental en la vida de casados. Manifiéstense aprecio.

“Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, ¡en esto pensad!” Eso se aplica también a tu cónyuge. Procura tener siempre presentes sus buenas cualidades y no tanto las malas.

¡Expresen: Te quiero cien veces al día!

El matrimonio es más que sexo o amistad, y más que una simple compañía estratégica. Es la relación más íntima, amorosa y sacrificada que pueda darse entre seres humanos, y la que más humildad enseña. «¡Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos!»3 El amor en su más pura manifestación es así: que el marido esté dispuesto a sacrificarse por la esposa, y ésta a entregar la vida por él. Es un amor sobrenatural, divino, que trasciende lo humano.

En la sociedad actual el matrimonio es bien difícil. Hay incontables tentaciones, no solo de engañar al cónyuge, sino de actuar con egoísmo, de tirar cada uno por su lado, de insistir en los derechos que cada uno cree tener. Todo ello proviene de la ambición personal y se opone al principio divino de que la abnegación conduce a la felicidad.

El secreto de la felicidad conyugal radica en que cada uno ponga primero al otro. Renunciamos a costumbres, preferencias y a determinada forma de ser en aras de lo nuevo, para agradar a esa estupenda persona que Dios puso en nuestra vida. Al proceder así, por amor, hallamos profunda felicidad, ya que el Señor bendice nuestro altruismo. Nos bendice por someternos abnegadamente a otra persona y procurar su bienestar, llegando incluso a ponerlo por encima del nuestro.

Fuente: activated.org

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