¡Educación de los hijos! 3ra Parte

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Hoy  tratamos  a  los  niños  como  si  fueran  reyes.  Nacen  en  un  ambiente donde son el centro de atención, el ombligo del mundo; se les trata como señoritos; se usan palabras infladas y desproporcionadas para dirigirnos a ellos: mi vida, mi princesa. Se les procura todas las comodidades posibles ya antes de nacer. Son orientados hacia una vida de placer inmediato. En ese ambiente los niños adsorben un  protagonismo desmesurado; sus egos 18 son expuestos a la arrogancia más necia, y crecen pensando que todos sus caprichos  deben  ser  obedecidos  al  instante;  de  lo  contrario  se  enfadan, chillan,  se  tiran  al  suelo,  patalean  y  gritan  hasta  conseguir, doblegar  la voluntad  de  sus  padres  a  sus  apetencias.  No  se  les puede  castigar,  les causará traumas; así que la Psicología moderna enseña    que   hay   que esperar  hasta  que  se  les  pase  la  rabieta,  ignorarlos,  no  atender  sus reivindicaciones pero dejar que manifiesten su desacuerdo de la forma más grosera, estúpida y necia que un niño puede expresar. Estos planteamientos y  filosofías  humanistas,  que  han  asumido  en  buena  medida  los  propios padres cristianos, se han instalado en la forma de pensar de los hijos de Dios, abandonando los principios del Reino a favor de la ética laica impuesta a  golpe  de  leyes  contrarias  a  la  revelación  de  Dios.  Hemos  abandonado nuestra responsabilidad de padres y entregado a nuestros hijos para que los eduquen en el colegio y el estado. Esta es otra deformación de la voluntad de Dios expresada en las Escrituras.

Como predomina el pensamiento humanista alejado de Dios, tenemos una generación  de  jóvenes  que  nacen  y  crecen  en  medio  de  la  incredulidad, ignorando a Dios y Su Palabra; por tanto, alejándolos de la Fuente de vida y capacidad para que crezcan en equilibrio. Tenemos también una generación de padres que han desertado de sus obligaciones, con algunas excepciones, y  que,  bien  por  motivos  de  asimilar  la  metodología moderna  de  la enseñanza, o bien por falta de tiempo por la actividad laboral, permanecen ausentes  y  sin  acción  en  semejante  necesidad.  En  su  mayoría  son  los hombres quienes primero se alejan de la educación de sus hijos, dejando a las mujeres esa carga exclusivamente, con el consiguiente peso sobre sus almas  que  acaba,  en  muchos  casos,  en  desequilibrios,  depresiones  y rupturas.

Como padres cristianos estamos expuestos a caer en un extremo u otro: la permisividad  o  el  autoritarismo.  Para  no  caer  en  ninguno  de  ellos,  sino mantener una posición equilibrada y que produzca resultados provechosos, debemos  saber  lo  que  enseñan  las  Escrituras  sobre  este  tema  y  no conformarnos a los esquemas de este mundo y las corrientes que van y vienen en forma de machismo o feminismo.

Pastor Virgilio Zaballos

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