El secreto de Pablo

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Un día, mientras leía Hechos 20, encontré el secreto de la vida del apóstol Pablo. ¿Por qué este hombre pudo obtener tan buenos resultados en su trabajo para la gloria de Dios? Camino a Jerusalén, Pablo se encontró con los ancianos de Éfeso y repasó con ellos parte de su ministerio. “Ustedes saben que no he vacilado en predicarles nada que les fuera de provecho sino que les he enseñado públicamente y en las casas (…) Y ahora tengan en cuenta que voy a Jerusalén obligado por el Espíritu, sin saber lo que allí me espera. Lo único que sé es que en todas las ciudades el Espíritu Santo me aseguran que me esperan presiones y sufrimientos” (Hechos 20:20,22). Pablo no escapa al mensaje. No sabe que le sucederá, excepto que va a ser algo malo. Y continúa diciendo: “Sin embargo, considero que mi vida carece de valor para mí mismo”. Esta es una declaración típica de aquel a quien no le preocupa sobrevivir. Lo que le importaba a Pablo es terminar la obra que Dios tiene para él. En versículo 25 agrega: “Yo sé que ninguno de ustedes, (…) volverá a verme”.      

No es de extrañarse que Pablo haya sido un agente de cambio tan fundamental para la iglesia primitiva. No es de extrañarse que haya estado dispuesto a enfrentar al concilio de Jerusalén y afirmar que el evangelio era tanto para los gentiles como para los judíos. No es extrañarse que llegara a ser el primer misionero. A Pablo no le preocupaba sobrevivir. Nadie podía detenerlo. Aquellos a quienes no les agradaban demasiado alguna de las afirmaciones que hizo frente al concilio, no pudieron moverlo de su posición. Pablo no tenía una posición que perder. Quienes querían que dejara de predicar podían arrojarles piedras, pero eso ya había sucedido antes, y no lo había detenido. Pablo consideraba que era un privilegio sufrir por Cristo. Podían amenazarlo con la cárcel; pero Pablo sin duda contestaría riendo: “¿Cuál cárcel? ¿Podría volver a Roma? Estuve testificando allí la última vez que me encarcelaron. Quizá esta vez pueda llevar a ese hombre a los pies del Señor”. podían amenazar con matarlo. “¿Enserio? He tenido una lucha tan tremenda en mi interior, sin saber si debería quedarme con los santos, o estar con el Señor… Si ustedes me mataran, me darían la respuesta a mi dilema”. ¿Qué podían hacerle a Pablo? Absolutamente nada. ¿Por qué Pablo decidió vivir esta clase de vida? ¿Para ser independiente? ¿Para poder decir las cosas por si mismos? NO. Él quería  estar crucificado con Cristo, sabía que en su propia carne no tenía poder para predicar el evangelio. Y ese debería ser nuestro mayor objetivo también. Solo cuando morimos a nosotros mismos, podemos vivir para Cristo.

John C. Maxwell      

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