Física y espiritualmente

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Hoy en día, en nuestro mundo de avisos publicitarios, la belleza es el apelativo sexual.

Muchas mujeres han comprado la idea del mundo de que la belleza traerá matrimonio, felicidad y éxito, solamente para descubrir que no es verdad. Después de los votos matrimoniales, cuando comienzan a vivir juntos, se revela la verdadera persona. Otra vez, es Dios quien nos da la correcta perspectiva, “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada” (Proverbios 31:30).

Alguien ha dicho, “la belleza está en el ojo del observador”. La belleza real no puede ser alcanzada por pérdida de peso, vestidos elegantes, maquillaje o cualquier otra cosa que el mundo diga que necesitas para estar hermosa. “Sea la luz de Jehová nuestro Dios sobre nosotros, y la obra de nuestras manos confirma sobre nosotros; sí, la obra de nuestras manos confirma” (Salmo 90:17).

La belleza verdadera y perdurable no es externa, sino interna. ¿Te has encontrado alguna vez con una pareja mayor, quienes están todavía locamente enamorados? Es enteramente posible para una esposa constantemente incrementar su encanto para su esposo. El paso de los años puede quitar la lozanía de sus mejillas, y la musicalidad de su voz, pero el arte del amor y de la gracia en mente y alma puede aún hacerla amorosa a los ojos de su esposo. Para hacer esto, de todas maneras, ella evitará todo lo que sea ofensivo y buscará ser una esposa que constantemente esté cultivando su propia vida con todo lo que sea amable, femenino, de buen agrado y piadoso.

Así que todo regresa al asunto del carácter, el verdadero ser. Una Buena esposa llega a serlo solamente por ser una buena mujer, y una buena mujer llega a serlo solo por ser una piadosa mujer cristiana. La vida matrimonial pone grandes requerimientos sobre ambos, el esposo y la esposa. Es una estricta disciplina y en ella yace mucho de su valor. Los deberes de una esposa son tales que prácticamente no hay mujer, a no ser que sea cristiana, que pueda enfrentarlos. Luchas y perplejidades, cruces y decepciones, tristezas y solicitudes se levantan, y si Cristo no está en el corazón, ellos son demasiado grandes para ser soportados. Tengamos a Cristo en nuestros hogares, y que cada esposa le permita ser su verdadero y familiar amigo.

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