¡Hechad toda vuestra ansiedad sobre Él!

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“echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros.”

Las situaciones de esta vida, nos ha llevado de una forma u otra a vernos constantemente involucrados en situaciones que la propia carne trae consigo, toda vez que como dice el Señor; la carne está enferma y por esta causa no

somos ajenos al dolor, a las enfermedades y a toda suerte de vicisitudes que como débiles en ella afectan de una manera u otra nuestro estado emocional, y porque no, nuestro estado espiritual cuestionándonos el

¿Por qué?

Que el Señor nos ayude a aplicar su verdad en nuestro corazón, para que logremos caminar a través de tanta vicisitud y prueba, ante la plena y escudriñadora luz de la verdad de Dios.

No cabe la menor duda que tocante a estas circunstancias cada cual siente su vacío y dolor, y que altera moralmente nuestra carne y afecto depresivo. Creedme que lo comprendo; porque la idoneidad y el hijo dado por Dios dejan un profundo vacío cuando esta o este falta; y es muy cierto que esto ocurra así, ya que en ocasiones el consuelo se nos hace pobre y la resignación débil: Marta se expresaba más o menos con estos mismos términos diciendo al Maestro: “Señor, sí hubieses estado aquí, mi hermano no hubiera muerto (Jn.11:21)

Tal es la expresión natural de la carne; he visto el dolor corporal que arrancaban en hermanos preguntas como estas: ¿Por qué a mí Señor? ¿No llevaste tú nuestras enfermedades, no soy tu hijo, hasta cuándo Señor?  Y esto es muy evidente por la aguda angustia que proporciona el dolor y la impotencia de quien así padece. Job. 3:3  lo expreso de esta forma: “Perezca el día en que yo nací”  No obstante la experiencia del Apóstol puede ser muy edificante y consoladora en todos estos casos al decirnos: ¿quién nos apartará del amor de Dios? (Ro.8:35/39) 

Por tanto, debemos traer siempre a nuestra memoria y no dudar nunca de la posición en que nos ha colocado la Gracia de Dios en Cristo: “vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col.3:3/4)  Y de todos es sabido que las Escrituras nos alientan a presentar nuestras peticiones delante del trono de la Gracia de Dios, y se nos antoja como que nos parece que Dios no nos oye; cuando el espíritu nos recomienda que “por nada estemos afanosos, sino que sean conocidas nuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Fil.4:6) ¡Eh aquí el fondo de la cuestión,! Que nuestras peticiones siempre han de estar supeditadas a un estado de absoluta dependencia de Dios. ¿Seremos tan torpes y cortos de vista que apenas podamos ver que en todas y cada una de nuestras tribulaciones Dios busca en nosotros hacernos testigos de su dependencia? Podrá disciplinarnos pero será para obtener de nosotros, en nuestra debilidad fortaleza con benditos resultados en beneficios  salvíficos, no tan solo para nosotros sino también para los demás.

Supeditados a su dependencia

Debo confesar que el tema es muy complejo y necesita mucha más meditación; (Estas son algunas de las meditaciones y reflexiones mantenidas con mi esposa durante su larga enfermedad de cerca de 20 años por un cáncer detrás de otro) pero me impulsa un deseo de poder ser de ayuda y clarificar en lo posible a sosegar ciertos corazones atribulados por causa de enfermedad, depresión, debilidad espiritual y por el profundo vacío que deja la pérdida de un ser querido.  Y esta es mi pobre reflexión: ¿Es el enfermo para el médico o el medido para el enfermo? porque si el enfermo es para el médico ¿Sabrá el enfermo decirle al médico cual es el remedio para su enfermedad? Mis queridos amigos y hermanos; quien sabe el remedio para nuestra enfermedad es el médico y no el paciente, y permitirme que os diga que pedimos al médico divino lo que nosotros creemos que nos va a ir bien y no nos sujetamos a su plena voluntad y dependencia.

Fijémonos lo que leemos en 2ª. Cor.12:7/9 Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.

Y pregunto, ¿Cómo es que el apóstol Pablo pidió que se le quitara el mensajero de Satanás y no recibió? En su ruego no fue escuchado, rogó, imploro por tres veces pedía la medicina que él creía le convenía, pero Dios sabe la enfermedad verdaderamente que le agrava “Bástate mi gracia” fue su medicina; así podemos decir que no fue oído conforme a su propia voluntad, y sin embargo lo fue para su salvación y propósitos divinos.

No podemos escudriñar los arcanos de Dios, pero sí podemos reflexionar sobre los hechos históricos que por su gracia e infinita misericordia nos ha dejado en su palabra escrita para nuestra admonición. Leemos en el Salmo 22:1/2 y encontramos el espíritu de Cristo en su clamor: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mí clamor? El no fue oído para nuestra salvación y cuando deseaba fervientemente que “pasara de él aquel vaso de amargura,” consciente de su voluntad la pospuso a que fuera la voluntad del Padre. No olvidemos hermanos que Cristo  fue tentado en todo según nuestra semejanza, (Hbr.4:15)  y que la prueba en la Tentación de Cristo, estaba dirigida a que usara de sus atributos divinos; nuestra prueba y tentación es para que usemos nuestros recursos humanos.

El tiene cuidado de nosotros

Somos exhortados por el apóstol Pedro a que nos  Humillémonos, bajo la poderosa mano de Dios, para que él nos exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros, (1ª. Pdr.5:6/7)  Y esto es muy importante para nosotros, puesto que si esto no fuera así, ¿Cómo podíamos ser testigos de su dependencia? Así qué, si soportamos la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿Qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? (Hbr.12:7)

Os había dicho que este es un asunto muy complejo, y toda mi intención ha estado destinada a que comprendamos la importancia que tiene a que nos ajustemos en todo a su voluntad y dependencia, esto dicho así; parece muy sencillo

pero soy consciente que no lo es tanto para los atribulados;  por otra parte no debemos dar ocasión en nuestro dolor a desmayar  y  a poner en duda,  que todas las cosas nos ayudan a bien. (Ro.8:28) No podemos andar dudando apoyándonos y en ocasiones escudándonos en nuestras debilidades por una enfermiza carne, esto sería muy peligroso y nos podía ocurrir

y en esto tendréis vuestra propia experiencia; de haber usado algún calzado que nos apretara o frotara alguna parte del pie, y nos damos cuenta como la propia naturaleza desarrolla en esa parte una cubierta de piel que va endureciéndose protegiendo así la carne más tierna, hasta que se produce una duricia para siempre dolorosas.

Hermanos y amigos, se trata de no justificarnos así de lo que ha sido nuestra desasosegada voluntad y no por querer excusarnos en una carne débil vayamos adquiriendo un doloroso callo, que como parte de nuestra carne dependamos

en nuestro andar más de él que de la plena voluntad y dependencia de nuestro Dios.

Por consiguiente no desmayemos, Dios nos ha dado por su Espíritu recursos suficientes para depositar en él toda nuestra dependencia, sabiendo de antemano que él conoce el intento de nuestro corazón.  Y de igual manera el espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Más el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.(Ro.8:26/7)

Esta ha sido mi reflexión, sobre la duda que ha nuestra mente trae como interrogantes los muchos  ¿Por qué?  Y quisiera haber sido de ayuda para los corazones que pasan o han pasado por alguna de las experiencias dolorosas que se sufren en la carne.

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de toda consolación el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. (2ª.Cor.1:3/4)

  1. Ibáñez
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