¿Qué hombre es ese que, en el caos de la inmoralidad, logra exaltar las personas?

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En el diálogo que tuvo Cristo con la samaritana, Él no solamente acogió y dialogó con aquella mujer, sino que también tuvo el coraje de hacer algo que ningún fariseo ni habitante de su ciudad sería capaz, o sea hacerle un elogio. Cuando el preguntó por su marido, ella respondió que no tenía marido. Jesús elogio su sinceridad, su honestidad. Y comentó que ella había tenido cinco maridos y que el hombre con quien vivía no era su marido.

Además de hacerle un elogio, Cristo le dijo que ella vivía insatisfecha, que necesitaba experimentar un placer más profundo que pudiera saciarla. Él la intrigó al decir que el agua que ella estaba sacando de aquel pozo iba a saciarla por poco tiempo, pero que el poseía una fuente de agua que podría satisfacerla para siempre.

La samaritana quedó impactada con la gentileza y la propuesta inesperada de Cristo. Eso era demasiado para una persona tan discriminada socialmente. Tal vez nunca alguien le había prodigado tanta atención ni se había preocupado son su felicidad. Todos la juzgaban según su comportamiento, pero probablemente nadie había investigado lo que pasaba en su interior

 

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