Idilio continúo

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Tuve la oportunidad de pasar bastantes ratos con una pareja que ya supera los treinta y cinco años de matrimonio. Al observar la forma en que interactuaban entre sí, me di cuenta de lo mucho a lo que puedo aspirar en mi relación conyugal.

Una vez que nos congregamos para disfrutar de una comida al aire libre, Jen, la esposa, se acercó a la mesa de servicio para prepararle un plato a Greg.

—¡A Greg le encantan los espárragos! —me confió, contenta de servirle algo que le gustaba.

Más tarde Greg mencionó la pasión de su mujer por la jardinería.

—¡Háblales, Jen, de la estupenda huerta que cultivaste el año pasado!

En los pocos días que duró la visita siguieron tratándose igual, velando el uno por el otro, atendiéndose mutuamente, riéndose y disfrutando a tope el uno con el otro. Creaban a su alrededor un ambiente cálido y acogedor que atraía a todos. Me urgía descubrir su secreto. ¿Se vería así mi matrimonio luego de treinta y tantos años? «¡Por favor, díganme cómo se hace!»

Finalmente tuve un momento a solas con Jen.

—No he podido menos que notar —dije, llena de curiosidad— lo felices que son tú y Greg juntos. ¿Qué hacen para tener una relación matrimonial tan sólida?

Me sonrió.

—Sí, la verdad es que nos va muy bien. No sabría darte un único secreto para tener un matrimonio estable y dichoso. Sí puedo decirte que empezamos como muchas otras parejas: locamente enamorados, para luego decepcionarnos cuando la convivencia cotidiana empezó a erosionar nuestra felicidad. Por un tiempo tuvimos conflictos. Fue una lucha. No es que fuera horrible, pero tampoco era una maravilla. Nos valimos de diversos consejos que nos dieron; pero —hizo una pausa poniéndome la mano en el hombro— la clave la encontramos en Juan 15:13.

Yo conocía bien ese versículo: «No hay un amor más grande que el dar la vida por los amigos»1. Por lo general me hacía pensar en relatos como el de Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, o hasta en la crucifixión de Cristo; pero nunca lo había asociado con el amor conyugal.

Jen prosiguió:

—Cuando nos propusimos aplicar ese versículo a nuestro matrimonio, ambos buscamos formas de entregarnos más y hasta sacrificarnos el uno por el otro. Eran detallitos: yo le preparaba la comida que más le gustaba aunque estuviera cansada, o él hacía una parada para comprar algo cuando lo único que quería era llegar a casa. O nos mordíamos la lengua en un momento de irritación.

También hubo gestos más trascendentes, como renunciar a ciertos proyectos individuales para abocarnos a un objetivo familiar, o ayudarnos mutuamente a cumplir nuestros sueños. Cuando te pones a pensarlo, hay infinitas formas de entregarse».

Me puse a pensarlo bien y vi que había mucho que corregir en mi relación con mi marido. Aunque hacer feliz a alguien y manifestar una gran medida de amor requiere esfuerzo, me gusta que mi matrimonio esté cambiando de rumbo. Nuestra decisión de tratar de dar más de lo que esperamos recibir nos está llevando por una senda que conduce a un amor más profundo y una mayor felicidad.

Marie Alvero. Misionera evangélica

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