¡La adolescencia edad de decisiones!

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Aunque durante los primeros años de la adolescencia los niños pegan un estirón y usualmente consiguen la estatura que tendrán de adultos, muchas veces siguen teniendo una mentalidad y una conducta infantiles. Esa es la edad en que muchos hacen locuras y se meten en líos. Y claro, si continúan por ese camino sin que nadie los ayude a encarrilarse, es previsible que vayan de mal en peor.

La adolescencia es una edad de decisiones, una etapa complicada y azarosa. Los chicos buscan entonces su nicho, quieren encajar en alguna parte, y viven afanados por eso. Cuesta vivir con ellos; hasta a ellos mismos les cuesta vivir consigo mismos. Se enfrentan a muchos dilemas, fluctúan continuamente. En esos años los jóvenes suelen ser muy idealistas, y critican agriamente a sus padres y a otros adultos porque no son perfectos.

La semejanza del acróbata que se desplaza sobre una cuerda floja a gran altura describe con bastante acierto la transición entre la niñez y la edad adulta. En esas circunstancias los adolescentes necesitan un guía, una compañía, un modelo de conducta claro, que puede ser uno de los padres u otra persona. Pero siempre alguien que los ayude a lograr un equilibrio y una estabilidad y que les inspire confianza y tranquilidad hasta llegar al otro extremo.

Si bien muchas veces los jovencitos no lo demuestran, la verdad es que les gusta que haya una autoridad. Quieren que se los oriente y tienen conciencia de que necesitan tutela. Desean ayuda, pero uno tiene que ganarse su confianza. Hay que demostrarles que se los quiere de verdad y que uno desea ayudarlos.

Los primeros años de la adolescencia van seguidos del deseo de tomar decisiones propias y controlar ellos las riendas de su vida. Eso es intrínseco al proceso de desarrollo, porque se están haciendo adultos. Claro que a esas alturas los padres ya les deberían haber enseñado a tomar buenas decisiones; si para entonces no lo han hecho, se producirá un desbarajuste. En ese caso, uno puede pensar equivocadamente que ya es tarde; sin embargo, mejor es empezar tarde que nunca. Y es que en realidad, con la ayuda de Dios, nunca es tarde.

Cuando mis cuatro primeros hijos desembarcaron en la adolescencia, yo procuré aconsejarlos y orientarlos. No obstante, dejaba que, en definitiva, decidieran ellos lo que iban a hacer. Les decía: «Tú sabes lo que está bien y lo que está mal. ¿Qué crees que debes hacer?»

Muchas veces aspiraban que su madre o yo decidiéramos por ellos, para eludir toda responsabilidad en caso de que las cosas no salieran bien. En otras ocasiones insistían en que les diéramos permiso para hacer algo que ellos sabían que no debían, a fin de poder quedarse con la conciencia tranquila.

Yo me limitaba a decirles: «No me pregunten a mí. Ustedes saben discernir entre lo que está bien y lo que está mal. ¿Qué consideran correcto hacer ustedes?» Después se alegraban de que hubiéramos dejado la decisión en manos de ellos; sabían que así tenía que ser. Además, ese gesto les demostraba que los respetábamos y les teníamos confianza, algo muy importante a esa edad.

En general la mayoría de las veces sabían lo que debían hacer y acertaban en sus decisiones. Y después de cometer uno o dos desaciertos, reaccionaban y tomaban una buena determinación si se les daba un par de consejos presentados con tino. Tengo la certeza de que la mayoría de los chicos harán lo mismo: sólo hay que tratarlos con amor, paciencia y comprensión.

La tarea de orientar a los hijos adolescentes es difícil y requiere sacrificios. A veces hasta nos puede asustar. Pero también es emocionante y proporciona muchas satisfacciones.

Pastor David Brandt Berg (1919-1994)

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