La educación en la tradición bíblica. 1ra parte

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Las Escrituras nos enseñan que la responsabilidad de la educación de los hijos recae sobre los padres; no sobre los gobiernos; ni siquiera sobre los colegios. En el Decálogo encontramos el primer mandamiento con promesa: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra” (Ex.20:12) con (Ef.6:1-3).

Dios enseñó a Israel como a un hijo, el primogénito; y de esa educación recibida a través de la Ley de Dios, todas las naciones y familias recibirían instrucción  según  la  voluntad  del  Eterno.  En  Dt.6:4-9  encontramos  el 19 recorrido de esas instrucciones: El Señor es uno. Amar a Dios con todo tu corazón. Estas palabras estarán sobre tu corazón y las repetirás a tus hijos en la vida cotidiana: en la casa, por el camino, al acostarte y al levantarte. Luego  Jesús  nos  enseña  que  el  segundo  mandamiento  es  semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Marcos 12:28-31).

Podemos resumir en tres apartados la responsabilidad de los padres sobre los hijos: Enseñar o instruir. Los padres deben instruir al niño desde la niñez (Pr.22:6). Disciplinar. Los padres deben corregir a los hijos, no los hijos a los padres, para que crezcan seguros y protegidos. La disciplina debe ser aplicada en amor, nunca como violencia. Y amar. Tanto la enseñanza como la disciplina tienen que tener su punto de partida en el amor. La firmeza y la ternura deben actuar juntas. Para ello los padres necesitamos vivir cerca de la fuente de amor que es Dios.

Incumplir  con  esta  responsabilidad  correctamente  nos  puede  conducir  a perder a nuestros hijos, y lo que es peor aún, que se alejen de la verdad del evangelio y se rebelen contra Dios. El mal ejemplo de Eli y su pasividad en la corrección de sus hijos es siempre un modelo que no debemos repetir.

El  pecado  de  los  hijos  de  Elí (1  Samuel  2:12-4:22).  La  historia  del sacerdocio  de  Elí  y  el  mal  ejemplo  de  sus  hijos  está  recogida  en  los primeros  capítulos  del  primer  libro  de  Samuel.  Sin hacer  un  estudio exhaustivo,  si  quiero  resaltar  varios  aspectos  de  este  episodio  que  me parecen relevantes. Se dice que los hijos de Elí eran impíos, y no tenían conocimiento del Señor (2:12). ¿En qué consistía su pecado? En que siendo los hijos del sumo sacerdote aprovechaban su condición de privilegio para sacar  beneficio  propio.  Se  estaban  enriqueciendo  y lucrando  de  manera impía, por el mal uso de su posición como hijos del sacerdote Elí, y usando la piedad como fuente de ganancia. Todo ello mostraba su ignorancia en el conocimiento  de  Dios,  vivían  sin  temor  de  Dios,  y  provocaban  el menosprecio  de  las  multitudes  hacia  las  ofrendas  (2:17).  Estaban deshonrando a su padre y por supuesto al Dios de Israel ante el pueblo. Esta  actitud  fue  muy  desagradable  a  los  ojos  de  Dios,  que  decidió desecharlos del sacerdocio y escoger a Samuel. Además se aprovechaban de su situación para ejercer dominio sobre las mujeres que acudían al lugar del sacrificio y conseguían favores sexuales acostándose con ellas (2:22). Hacían pecar al pueblo de Dios con su mal ejemplo (2:24). En todo esto ¿cuál  fue  la  actitud  que  tomó  el  padre,  el  sacerdote  Elí?  Los  corrigió levemente, era consciente de su mal ejemplo y las consecuencias nefastas que acarrearían sobre ellos mismos y el pueblo del Señor. A pesar de ello no fue lo suficientemente firme para poner fin al pecado de sus hijos, por ello  Dios  le  reprendió.  Es  muy  importante  entender que  Dios  pidió responsabilidad al padre del comportamiento de los hijos. No fue suficiente saber  que  eran  mayores  de  edad.  Elí  tenía  la  obligación  de  corregir  lo deficiente  en  sus  hijos  y  mantener  el  sacerdocio  limpio  de  iniquidad.

Pastor Virgilio Zaballos 

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