La existencia de los pactos incondicionales, pero no cumplidos 1ra parte

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El Antiguo Testamento registra el hecho irrefutable de que Dios entabló una relación de pacto con Abraham (Gn. 12:1-3; 13:14-17; 15:1-21; 17:1-27; 18:17-19; 22:15-18) y luego la confirmó personalmente a los descendientes físicos de Abraham: Isaac (Gn. 26:24) y Jacob (Gn. 28:13-17). Las naciones gentiles no fueron partes especificas del pacto abrahámico y tampoco lo fueron de los tres pactos que ampliaron las disposiciones del pacto abrahámico; es decir, de los pactos de la tierra (palestino), davídico y el nuevo pacto. Estos pactos se hicieron con el Israel nacional.

La naturaleza esencial del pacto abrahámico (y sus tres “subpactos”) es crucial que esta exposición. El pacto es un pacto eterno. A esta relación de pacto no se le asigno ningún límite de tiempo, lo cual indica que Israel seguiría siendo una nación para siempre em esta relación con el Señor su Dios.

La naturaleza eterna del pacto abrahámico significa que el Israel nacional debe seguir en su exclusiva relación con Dios mientras la tierra y el universo existan. Y dado que todos podemos testificar que el universo aún existe y que todavía no ha sido destruido, desde luego, podemos creer que la nación de Israel tampoco ha sido desplazada de su lugar exclusivo. Este pacto sigue existiendo por la gracia y fidelidad de Dios, no por la obediencia y fidelidad de Israel. “Puede que haya atrasos, postergaciones y reprimendas, pero un pacto eterno no puede abrogarse, del mismo modo que Dios no puede negarse a sí mismo”. El error y la desobediencia de Israel no anularon las promesas del pacto.

Es evidente que los individuos y la nación en sí podrían perderse las bendiciones del pacto (como las perdieron), pero aquellos errores no anularon el pacto. En un tiempo de terrible y juicio de Israel, Dios habló a través de los profetas Jeremías y Ezequiel. Él garantizó que mientras el sol, la luna y las estrellas existieran, Israel seguiría siendo una “nación delante de mí eternamente” (Jer. 31:35-37); y que a pesar del error y rebelión de Israel, Dios restauraría a Israel (Ez. 20). Esta verdad no solo se encuentra en los profetas del Antiguo Testamento, sino también el apóstol Pablo en el Nuevo Testamento. “El hecho de que Pablo atribuyera el estatus de nación escogida a los israelitas que en cuanto al evangelio, son enemigos (Ro. 11:28) muestra que el continuo estatus de Israel no depende de su fidelidad, como tampoco dependía de ello en la época de los profetas hebreos (Véase Jer. 31:35-27)”.

El pacto abrahámico también es un pacto incondicional; es decir que su cumplimiento depende solo de Dios. Cuando Dios hizo el pacto con Abraham, no incluyó condiciones. Cuando Dios reafirmó más tarde el pacto a Isaac y luego a Jacob, lo hizo sin condiciones. Posteriormente, las declaraciones encontradas en Génesis 17,22 y 26, las cuales parecen añadir condiciones al pacto, realmente no lo hacen. Estas declaraciones fueron dadas mucho después de la ratificación del pacto (Gn 15) y se centran en la intención de Dios de bendecir a Abraham de un modo más grande. Este pacto con Abraham, por consiguiente, es tanto eterno como incondicional.

Otra parte clave de esta exposición es la ratificación del pacto abrahámico en Genesis 15:7-21. En esta ocasión, Abraham expresó preocupación a Dios acerca de su carencia de un futuro heredero, ya que hasta ese momento no le había nacido hijo.

Paul. N. Benware. Profesor de la División de Estudios Bíblicos de Philadelphia Biblical University

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