La Historia de Ammón y Tamar. 2da parte

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La dinámica de las relaciones matrimoniales requiere de un sustento equilibrador que trascienda a las circunstancias e intereses temporales. Este sustento es, precisamente, la relación personal con Jesucristo.

Quien permanece en relación con Jesucristo puede amar, apreciar y respetar a su pareja independientemente de las circunstancias. Más aún, puede ofrecer a esta la alternativa de la justicia, cuando ella misma esté viviendo o generando injusticia. Perseverar haciendo el bien, que en esto consiste la paciencia bíblica, se convierte en una propuesta que contribuye a la salud del otro y de la pareja misma.

La motivación de quien ama a su cónyuge a la manera bíblica es, precisamente, su amor a Dios. Una vez más, Vine, asegura:

El amor cristiano tiene a Dios como su principal objeto, y se expresa ante todo en una implícita obediencia a sus mandamientos.

El amor ágape también se caracteriza por su evidencia práctica. De acuerdo con San Pablo, en el matrimonio, el amor ágape se hace evidente en dos actitudes básicas.

Entrega. El marido ama a su esposa como Cristo a la Iglesia, y da su vida por ella. Desplaza su centro de interés, de sí mismo a su esposa. Asume como la razón de su propia vida, el bienestar y la realización de su mujer.

Respeto.  Además de la deferencia, la mujer es llamada a “mirar con agrado” a su marido. Es decir, a valorarlo y apreciarlo, tratándolo de la manera debida.

Como puede verse, al amor ágape es un amor especial tanto en su origen, como en su propósito y en la manera de expresarse. Es, por lo tanto, un amor que surge de un triple compromiso del que lo profesa:

    Con Dios.

    Consigo mismo.

    Con su cónyuge.

Este compromiso múltiple sirve como referente tanto para el hacer, como para el dejar de hacer. Primero, porque la persona asume que la razón de su vida es glorificar a Dios en todo. Ello implica que, antes que sus propios intereses, deseos y sentimientos, la persona asume como razón de su vida aquello que Dios ha establecido como justo.

En segundo lugar, la persona asume que se debe a sí misma dignidad, respeto. Así que se compromete a no hacer aquello que le resulte indigno, al mismo tiempo que asume la responsabilidad de no permitir que su pareja le trate con indignidad o falta de respeto.

Finalmente, la persona asume como su responsabilidad el tratar a su cónyuge con integridad. Es decir, haciéndose responsable de sus propias decisiones, emociones y sentimientos. Distinguiendo entre lo que su pareja es y lo que hace. Respetando los espacios de identidad de ella, al mismo tiempo que promueve la creación y el fortalecimiento de los espacios de encuentro que contribuyan al crecimiento integral de su relación matrimonial.

Concluyamos recordando que el enamoramiento es una fase de la relación de pareja. Por sus características, no es suficiente como cimiento de la relación y no puede recrearse.

Que el amor comprometido es producto de la decisión que cada cónyuge toma, respecto de honrar a Dios, honrarse a sí mismo y honrar al otro. Por su naturaleza, el amor ágape propicia el fortalecimiento de la relación, así como su permanencia y la realización personal de los esposos.

Y que sólo quienes están en relación con Jesucristo pueden amar con amor ágape y mantener el compromiso de su amor al través de cualquier circunstancia.

A esto llamo y convoco a las parejas de CASA DE PAN.

Ministerio Vida y Palabra. Un ministerio de Casa de Pan

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