La predicación es el medio preeminente que Dios usa para salvar a los pecadores 1ra parte

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Cuando estudiamos las Escrituras del NT hay dos cosas que vienen a ser muy evidentes en lo que respecta a la salvación de los hombres: la primera es que ésta no puede ser lograda a menos que los hombres se expongan a la verdad de Dios revelada en las Escrituras. Los pecadores tienen que creer para ser salvos. La salvación es por gracia, por medio de la fe. Pero ¿qué es lo que se supone que van a creer los pecadores para ser salvos? La verdad del evangelio tal como es presentada en la Palabra de Dios.

Atiendan como lo dice Pablo en Rom. 6:17.  “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados”. Pablo está contemplando a los creyentes aquí como hombres y mujeres que eran esclavos del pecado, pero que ahora ha sido libertado de esa esclavitud. Y ¿cómo fueron ellos libertados de la esclavitud del pecado? Ellos obedecieron de corazón aquella forma de doctrina a la cual habían sido expuestos. Una doctrina fue puesta delante de sus ojos que ellos abrazaron de todo corazón.

La fe no nace en un vacío, sino en el contexto de escuchar la verdad de Dios revelada en Su Palabra. La Palabra de Dios es la semilla que una vez implantada en el corazón produce fruto a ciento, a sesenta y a treinta por uno. Ninguna alma vendrá al arrepentimiento a menos que se exponga a la verdad revelada en las Sagradas Escrituras (comp. Lc. 16:27-31).

Pero es además, en segundo lugar, que la proclamación del evangelio es el medio por excelencia para dar a conocer la verdad de Dios al hombre, para la salvación de las almas. Hay varias formas en que podemos dar a conocer la verdad de Dios al hombre: a través de un libro, a través de una conversación casual, a través de un panfleto. De hecho, la Biblia dice que los creyentes deben estar siempre preparados para presentar defensa, con mansedumbre y reverencia, ante todo el que demande razón de la esperanza que hay en nosotros. El creyente debe estar presto para compartir el evangelio con todo el que esté dispuesto a oír. Y Dios bendecirá Su Palabra.

Pero el medio por excelencia que Dios ha escogido para salvar a los pecadores es la locura de la predicación, como dice Pablo en 1Cor. 1:21 (comp. 1P. 1:25). La fe viene por oír, dice Pablo; y lo dice en el contexto de aquellos que han sido enviados, de aquellos que han sido divinamente comisionados y cualificados para predicar el evangelio (Rom. 10:14-15)

Dios ha determinado salvar a los hombres a través de la predicación del evangelio. Esa es la labor primordial que Dios nos ha llamado a hacer como ministros: predicar, como vemos en 1Cor. 1:17-25. Los griegos eran amantes de las disertaciones filosóficas, y los judíos iban detrás de las señales. Y Pablo dice aquí que Dios no escogió ni un método ni otro para salvar a las almas.

Podemos disertar de filosofía y sicología, podemos tener una oratoria hermosa, y un intelecto brillante, suficiente como para dejar boquiabiertos a cualquiera que nos escuche. Pero nada de eso podrá transformar un solo corazón. Tampoco los milagros más portentosos podrán hacer la obra. Era detrás de eso que iban los judíos; todo el tiempo demandando al Señor que hiciera un milagro para creer en Él.

Pero Dios revelará Su gloria salvando a los hombres por medio de aquello que ellos consideran una necedad: la predicación del evangelio, un evangelio que ofrece salvación gratuita, por medio de la fe en Jesucristo, quién murió en una cruz para salvar a los pecadores. Un mensaje así es un tropiezo para el judío y una locura para el griego. Pero “lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres”. Ese mensaje, proclamado a viva voz, ha vencido la obstinación de muchos, y los ha traído cautivos a la obediencia a Cristo.

Es por eso que la predicación jugó un papel preponderante en el ministerio de Juan el Bautista, y luego en el ministerio del Señor Jesucristo, y luego en el de Sus apóstoles. Y cuando hurgamos en las páginas de la Historia de la Iglesia encontramos que sus épocas más gloriosas y fructíferas han estado siempre asociadas con ministerios que han dado preeminencia a la predicación de la Palabra de Dios.

Es por eso que Pablo describe a los ministros del evangelio como “embajadores” y “heraldos” de Dios. Un heraldo es aquel que lleva a viva voz el mensaje de un rey (comp. Dn. 3:4) Hemos sido enviados al mundo como portavoces de Dios, para hablar a los pecadores en Su nombre.

En 2Cor. 5:20 dice el apóstol Pablo: “Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros”. Un embajador es aquel que ha sido enviado para dar a conocer los pensamientos, las opiniones y los deseos del gobierno que lo envió. Este hombre lleva consigo un mensaje que debe entregar íntegramente; para eso fue enviado y eso debe hacer. Y en la medida en que vamos exponiendo el mensaje de Dios contenido en las Escrituras, hablando en dependencia y bajo la unción del Espíritu Santo, Dios mismo habla al corazón de los pecadores. Es “como si Dios rogase por medio de nosotros”. Comp. 2Cor. 4:3-6

El evangelista debe verse a sí mismo en el púlpito como un heraldo del Dios todopoderoso. En palabras de Pablo en 2Cor. 2:17, los ministros del evangelio somos aquellos que “con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo”. Estamos hablando de parte de Dios y delante de Dios.

Y no solo el mensaje que comunicamos, sino también la forma como lo hacemos, debe enviar esa señal a la mente y el corazón de todos los que escuchan. Somos los heraldos, los portavoces de un Rey glorioso y temible. Esa es una de las razones por la cual la predicación es un medio tan idóneo para presentar el mensaje de Dios. Si usamos un medio ligero o inapropiado para dar a conocer lo que Dios ha revelado en Su Palabra acerca de Sí mismo, de Sus obras y Su voluntad, estaremos echando por tierra el mensaje que estamos proclamando.

Pastor Sugel Michelén

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