La predicación es el medio preeminente que Dios usa para salvar a los pecadores 2da parte

173

¿Qué pensaríamos nosotros de un presidente que el día de su investidura como mandatario va vestido de payaso, y a través de chistes e historias graciosas transmite al pueblo cuál ha de ser su programa de gobierno? ¿O que en vez de dar un discurso haga una presentación de títeres, o un “dramita”? Que lo veríamos como algo totalmente inapropiado, no importa que el contenido sea bueno. Esa forma de transmitir un mensaje de esa naturaleza sería inconsecuente con la seriedad del mensaje.

Pues nosotros tenemos el encargo de transmitir un mensaje que posee repercusiones eternas, y lo hacemos en nombre del Rey del universo. El medio que escojamos para transmitir ese mensaje debe ser consecuente con su naturaleza. La predicación de la Palabra no surge en los tiempos bíblicos como un medio de propagación de la verdad por el atraso tecnológico de aquellos días, sino por ser el medio más apropiado para comunicar la naturaleza del mensaje. No es una razón cultural lo que está detrás de la predicación, es teológica.

Vivimos presentando a Dios como el Rey soberano que tiene derecho pleno sobre todas Sus criaturas, y nosotros no somos Sus negociadores, somos Sus heraldos, aquellos que en el nombre de Dios, con autoridad, con pasión, con urgencia, proclamamos los decretos emitidos en la corte celestial, consignados en las Sagradas Escrituras. Esa es la señal que los ministros envían a los hombres cuando se colocan detrás del púlpito a proclamar a viva voz la Palabra de Dios. Somos mensajeros del Dios Altísimo.

Asimismo, la predicación es el formato más idóneo para humillar al pecador. Él no está en la posición de sentarse con Dios en una mesa de negociaciones; él tiene su entendimiento entenebrecido, y lo que necesita precisamente es humillarse ante la voz de Dios. Aparte de que la predicación es un vehículo ideal para persuadir correctamente a los hombres. Los predicadores deben persuadir a su auditorio, pero que deben hacerlo correctamente. Sabemos que es Dios quien obra en los corazones, pero Dios usa medios, y uno de esos medios es la persuasión hecha en la predicación.

Lucas nos dice en Hch. 18:4 que cuando Pablo estaba en Corinto “persuadía a judíos y a griegos”. Y lo mismo hizo en la ciudad de Éfeso (Hch. 19:8 La predicación debe ser “apropiadamente” persuasiva. Hay una forma incorrecta de persuadir a las personas, cuando tratamos de mover sus voluntades a través de las emociones y no a través del entendimiento.

Resuenen que Dios obra en el corazón de los hombres cuando por medio de la predicación de la Palabra ilumina su entendimiento. Es de esa manera que el pecador viene a Cristo. Es por eso que Pablo dice en 2Cor. 10:4-5: “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”.

He aquí lo que el ministro del evangelio debe hacer: derribar todo argumento y altivez que se levanta en el corazón y la mente del pecador en contra del conocimiento de Dios. Es a eso que nos referimos cuando hablamos de persuasión. Y lo que estamos diciendo es que la predicación es el medio ideal para hacer esto. Al ser un monólogo podemos elaborar nuestra presentación de las Escrituras, y presentar argumento tras argumento de la Palabra de Dios, hacer nuestro caso, para usar un lenguaje judicial, y así poder informar adecuadamente el entendimiento del pecador.

¿Es nuestra argumentación lo que los va a convencer y a salvar? De ninguna manera. Solo Dios puede hacer eso obra. Pero Dios obra tomando en consideración la manera como El mismo nos creó. El entendimiento debe ser iluminado, para que seamos movidos entonces a abrazar la verdad que es en Cristo Jesús (Rom. 6:17. Dice el ministro puritano Thomas Watson: “Los ministros tocan a la puerta de los corazones de los hombres, (y) el Espíritu (en ese contexto) viene con una llave y abre la puerta”.

Indudablemente hay algo misterioso envuelto en todo esto. ¿Cómo es el que el Espíritu de Dios obra mientras un instrumento humano está transmitiendo Su Palabra? No lo sabemos del todo, pero es una realidad revelada en las Escrituras, y eso debe estimularnos a predicar. Dios no nos ha dado la responsabilidad de convertir las almas, sino de predicar el evangelio; y Él se encargará de aplicar Su poder en el corazón de los que escuchan mientras nosotros cumplimos con nuestra responsabilidad.

De manera que no predicamos por tradición, porque así lo ha hecho la Iglesia de Cristo por cientos de años; lo hacemos porque Dios lo ha mandado, porque Dios ha establecido la predicación como el medio por excelencia para alcanzar a los perdidos y traerlos a la salvación.

No debemos ceder a la presión de muchos que quieren que cambiemos nuestra metodología por una que sea más entretenida o más atractiva. Como embajadores y heraldos de Dios nuestro oficio no es el de entretener a los pecadores, sino el de persuadirlos en el nombre de Dios y con la Palabra de Dios a venir a la fe y al arrepentimiento.

Un culto más entretenido y atractivo, con mucha música especial, con testimonios impactante, puede que atraiga a mucha gente, pero ninguna de esas cosas va a hacer en esos corazones lo que solo la Palabra de Dios proclamada con sabiduría, urgencia y poder puede hacer.

Y no es que estoy abogando porque los cultos sean aburridos, ese no es el punto. Lo que estamos diciendo es que la salvación de las almas no se logrará sustituyendo la predicación de la Palabra de Dios por actividades que parecen más entretenidas y atractivas. Dios no ha prometido bendecir tales actividades para la salvación de las almas. Pero sí ha prometido bendecir Su Palabra.

“Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla a la que siembra, y pan al que come, así será mi Palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Is. 55:10-11.)

Pastor Sugel Michelén

Deja tus comentarios