¡La tercera va la vencida!

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En la actualidad estoy en mi tercer matrimonio, dato que normalmente no menciono en presencia de parejas recién casadas. Si bien estoy agradecida por mis dos enlaces anteriores, pues me dejaron varios hijos hermosos mis tesoros más preciados, creo que cuando acerté fue la tercera vez.

Al finalizar mi segundo matrimonio, pensé que no habría otro, que me quedaría sola y tendría que arreglármelas como pudiera. Mi experiencia matrimonial me había dejado un mal regusto, y no esperaba que hubiera otro hombre en mi vida; pero estaba equivocada.

A diario veo reflejado en los ojos de mi querido esposo el amor que me transmite Dios. No solo se enamoró de mí y se casó conmigo, sino que además adoptó legalmente a cinco de mis hijos que en ese entonces eran menores de edad. Eso sucedió hace diez años, y hoy todavía tenemos un matrimonio feliz.

Lo que hace que nuestro matrimonio sea aún menos convencional es que él al igual que yo estuvo casado dos veces antes de conocerme. No entendemos a cabalidad por qué no resultaron nuestras relaciones anteriores. A decir verdad, nos avergüenza admitir que entre los dos tenemos en nuestro haber cuatro matrimonios fallidos. Teniendo a Dios que nos ama y nos acepta con todos nuestros defectos, debilidades y errores, ¿no es ya lo máximo que además nos envíe a alguien de carne y hueso que sea igualmente capaz de amarnos y aceptarnos?

Al tener historias similares, nos entendemos el uno al otro y podemos revelarnos lo que sentimos y pensamos íntimamente. Juntos nos reímos, lloramos y vivimos la vida; es algo muy bello. Al inicio de nuestra relación decidimos mantener a Dios en el centro de nuestra vida y nos hemos ayudado mutuamente a cumplir ese compromiso. Todos los días leemos la Palabra de Dios juntos, rezamos juntos y comentamos lo que Dios nos está enseñando como pareja o a cada uno por separado. Seguimos aprendiendo el uno del otro, lo cual nos ayuda a respetarnos profundamente. Nuestra relación ha resultado ser muy satisfactoria, espiritualmente hablando.

Mi sugerencia para las parejas recién casadas, así como para quienes pasan por un mal momento en su matrimonio o se recuperan de una ruptura conyugal, es el siguiente: El amor de Dios es el verdadero encanto de todo matrimonio. Bien si se descubre la primera vez, o bien, como en nuestro caso, más tarde, la clave es el amor de Dios, que nunca nos decepciona.

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