¡Hasta que las sombras huyan!

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Una noche me despertó una llamada telefónica que requería mi atención urgente. Saliendo de mi profundo sueño, me vestí rápidamente, tomé las llaves del auto y salí corriendo a cuidar de una pequeña emergencia. Alguien había sufrido un pequeño accidente a altas horas de la noche y necesitaba que fuera a buscarlo. Aunque estaba angustiada, no podía dejar de pensar que la situación podía haber sido mucho peor. Así que a lo largo de la siguiente hora traté de serenarme y concentrarme en resolver los detalles y llevar a todos sanos y salvos a su casa.

Mientras conducía por calles desconocidas tratando de encontrar la ruta en medio de la noche, oré por todos los afectados y para que Dios nos concediera prudencia y protección. Sobre todo, le agradecí que nos cuidara tan bien aun en circunstancias difíciles, a pesar de nuestros errores y embarradas.

Horas más tarde, ya nuevamente en mi camita, seguí orando y le encomendé a Dios todo lo relativo a aquella situación. Repasé unos versículos de la Biblia y escuché unas reflexiones devocionales. A solas con Jesús en la oscuridad de la noche, las horas se escurrieron lentamente.

Mientras pasaban las horas  me di cuenta de que no tenía nada de sueño. La adrenalina que había liberado mi organismo y que me había despertado completamente al tener que entrar en acción todavía estaba surtiendo efecto. Así que me quedé acostada, escuchando, orando y confiando, hasta que vi por la ventana que comenzaba a clarear. Entonces caí en un profundo sueño y estuve así varias horas. Me desperté sorprendentemente descansada y lista para afrontar el día.

Fue una noche muy extraña, de esas que agradezco que no sean muy frecuentes. Aunque fui incapaz de controlar mis reacciones ante el estrés, me sentí amada y cuidada. A pesar de que no dormí, reposé en los brazos de Dios, y con eso me bastó. Si bien a veces nos suceden desventuras, Él nos evita peores accidentes y problemas.

Las sombras de la noche pueden llegar a alargarse mucho. Hay momentos que nos sentimos perdidos, confundidos y estresados; sin embargo, no hace falta que nos enfrentemos a solas a la oscuridad. Cuando pedimos ayuda a Dios, Él siempre acude a auxiliarnos, protegernos y consolarnos hasta que despunta el día y huyen las sombras.

Fuente: activated.org.es

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