Liderazgo es insatisfacción. 1ra parte

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La insatisfacción es una herramienta que Dios puede utilizar para motivarnos a lograr cosas mayores. No estoy diciendo que seremos mejores líderes si no somos felices. Los líderes que no son felices tienen una gran capacidad para transmitir su infelicidad a sus seguidores. Cuando perdemos nuestra motivación y nuestro impulso, estamos en peligro de perder nuestra visión.

Una iglesia normal, en los Estados Unidos, sin importar de que denominación sea, tiene aproximadamente 70 personas que asisten regularmente, porque ese es el número mínimo necesario para que una iglesia sobreviva. Si hablamos en términos generales, una congregación de 70 personas pueden costear la compra de un terreno, encender las luces y pagar parte del sueldo del pastor.  Ese es el nivel de supervivencia, y una vez que las iglesias llegan allí, muchas de ellas dejan de crecer, porque ya pueden satisfacer sus necesidades básicas. La insatisfacción no se instala en ellas hasta que miran más allá de sus necesidades básicas y examinan su propósito general.

John Wesley fue una persona que comprendía que el liderazgo significa insatisfacción. Durante 54 años predicó un promedio de tres sermones diarios, lo cual da un total de 44.000 sermones. Para predicar, debió montar a caballo o viajar en un carro, y así recorrió un total de 320.000 km, es decir, aproximadamente 8.000 km por año. Wesley estaba tremendamente dedicado a la labor pastoral. Durante los últimos años de su vida, fue responsable de todas las iglesias en Inglaterra. Para hacer su tarea, se levantaba a las 4:00 todos los días y trabajaba hasta las 22:00, con solo unas breves pausas para sus comidas. A los 83 años se afligió mucho al descubrir que no podía escribir más de 15 horas por día sin dañarse la vista. A los 86 años le avergonzaba admitir que no podía predicar más de dos veces por día y lo enfadaba el hecho de que dormía hasta las 05:00 de la madrugada.

Charles Spurgeon fue conocido como “el príncipe de los predicadores”. Como Wesley, no se contentaba con ser solo un gran orador; tenía pasión por la obra de Dios y nunca estaba satisfecho con la cantidad de almas que había ganado. A la edad de 30 años predicó a 5.000 personas en el Metropolitan Tabernacle, y no quedó satisfecho. Cierta vez fue invitado a enseñar en una universidad donde le costearían todos sus gastos, los de su esposa y su secretaria personal y además le daban US$ 1.000 por clase durante un período de 50 días. Pero Spurgeon declinó la oferta: sugirió que en lugar de aceptar esos US$ 50.000, prefería quedarse en Londres y tratar de ganar 50 almas para Jesucristo.

John C. Maxwell

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