¡Los hijos regalos de Dios!

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La Biblia dice: “He aquí, herencia del Señor son los hijos; y recompensa Suya el fruto del vientre” (Salmo 127:3).

Uno de los hermosos regalos que Dios puede concederle a alguien es un niño, un alma eterna a quien amar y de quien recibir amor. Si Dios te ha dado un hijo, o varios, ¡felicitaciones! ¡Has recibido una gran bendición! A cambio, Él espera que los cuides, los formes, los eduques y les manifiestes Su amor. Quiere que les enseñes Su Palabra y Sus preceptos de amor a fin de que ellos también manifiesten Su amor a los demás. Es una ardua tarea; pero Él bendecirá todo el tiempo, la atención, la formación, el buen ejemplo y el afecto que les prodigues.

No debemos dejar que pase un solo día sin darle gracias a Dios por el más preciado de los dones que nos ha concedido: los hijos.

Para lograr que un niño te preste atención tienes que meterte de lleno en lo que estés haciendo. Los mejores docentes son aquellos que hacen del aprendizaje una actividad entretenida. Lo que los chiquillos disfrutan aprendiendo es lo que aprenden mejor y más rápidamente. Un maestro eficaz es una persona que tiene muchas ideas y es capaz de infundirles a los niños deseos de aprender, que sabe convertir toda situación en una actividad didáctica tan placentera y agradable que los niños se mueren de ganas de aprender.

A los niños les gusta que los mantengan ocupados. Les encanta hacer cosas, pero a veces no se les ocurre qué hacer. De modo que continuamente hay que crear nuevas formas de canalizar sus energías hacia iniciativas productivas. Tiene que haber animación, entusiasmo, mucha acción, mucho movimiento y efectos de sonido. Hay que ilustrar patentemente lo que se les está enseñando y darle mucho sentido, ¡demostrarles que a uno le parece interesante! Cada uno lo puede llamar como quiera: inspiración, carisma, talento, personalidad o el Espíritu Santo de Dios. El hecho es que hay que tener esa chispa y comunicarles el entusiasmo a los niños. Pídele a Dios que te inspire, y Él lo hará.

En cierta oportunidad una profesora de un jardín infantil pidió a una madre de una familia particularmente numerosa y feliz que observara una de sus clases y le diera algún consejo.

Durante cincuenta minutos la mamá observó los esfuerzos de la profesora con su grupo de niños. Por fin sonó el timbre y la docente lanzó un suspiro de alivio.

Al preguntarle a la madre qué le había parecido la clase, ésta le respondió:

—¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que lo que tú haces es competir con el Espíritu Santo?

—Claro que no, jamás he pretendido tal cosa.

—Es que fíjate — le explicó la señora —. Dios ha dado a estos niños un período de concentración de unos cuatro o cinco minutos. Tú estabas todo el rato diciendo: ¡Quédense quietos! ¡No hablen!, pero al mismo tiempo Dios les decía: ¡Menéense! Y ¿qué hacían los niños? ¡Siempre obedecían al Señor!

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