¿Qué tiene de malo que sea sencillo? 2da parte

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Charlie Wetzel, a quien contraté en 1.994 para que me ayudara a investigar y redactar, ya que proviene del ámbito académico. Tiene títulos en lengua inglesa y, antes de trabajar conmigo, se desempeñó como maestro y decano en una universidad especializada en ciencias empresariales. Yo sabía que para que su investigación me resultara eficaz, él debía comprender que clase de materiales necesitaba. No serviría tener pilas de trabajos de investigación que no me ayudaran a relacionarme con los demás.

Consulté a otros escritores para saber de qué manera capacitaban a alguien para semejante tarea, pero no fueron de gran ayuda. Entonces Charlie y yo diseñamos nuestro propio método. Él leería un libro de citas y marcaría las que considerara interesantes; yo haría lo mismo. A la hora de comparar nuestras evaluaciones, ¡nos dimos cuenta de que el 90 por ciento de nuestras elecciones habían sido diferentes! La mayoría de las elegidas por Charlie eran largas y pomposas. Reflejaban su origen académico. Explicó que había buscado citas que tuvieran pensamientos profundos o gran perspectiva. El problema de esto es que una persona considera una fuente de perspicacia, otra lo ve como una cura para el insomnio. Por lo tanto, compartí con él algunos criterios para seleccionar buen material. Para mis propósitos, las citas o ejemplos debían cumplir con una o mas de estas cuatro categorías:

  • humor: algo que hiciera reír a las personas
  • sentimiento: algo que lograra cautivar sus emociones
  • esperanza: algo que los inspira
  • ayuda: algo que les sirviera de manera tangible.

Estas cuatro ideas pueden parecer simples, pero son eficaces. Armados de esta información, Charlie y yo intentamos evaluar otro libro de citas. En esta oportunidad, el porcentaje de coincidencia fue del 50 por ciento. Al cabo de unos pocos meses, coincidíamos en el 90 por ciento del material que Charlie recopilaba. Hoy, quince años después, Charlie sabe qué quiero ante de que lo sepa yo mismo. Prácticamente lee lo que pienso, escribe con mi estilo, conoce mis intenciones, mi idiosincrasia y mis pasiones. Se ocupa de mejorar mi material, reescribe mis textos y perfecciona aquello que quiero transmitir. Lo más importante es que ambos nos esforzamos para que las ideas se plasmen de manera simple.

La sencillez cuesta mucho trabajo. El matemático Blaise Pascal escribió en alguna ocasión: “Hice esta carta más larga de lo habitual porque no tengo tiempo para hacerla corta”.  Lograr que cualquier tipo de comunicación sea breve, precisa e impactante conlleva un gran esfuerzo. Para citar las palabras del filósofo y poeta Ralph Waldo Emerson: “Ser sencillo es ser grande”. Lo buenos comunicadores aportan una gran claridad a su auditorio; los malos aportan confusión la mayoría la mayoría de las veces.

John C. Maxwell 

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