Me quiero…

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Uno de las memorias más gratas que guardo de mi niñez es de cuando mi hermana mayor me leía mi relato preferido del Evangelio la parábola del buen samaritano en una Biblia ilustrada. Nunca se me ha olvidado que mi prójimo no es solamente la gente de mi entorno, sino cualquier persona cuyo camino se cruce con el mío.

Con todo, he tardado muchos años en entender cabalmente lo que Jesús quiso decir cuando afirmó: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Me concentraba tanto en la primera parte de ese mandamiento que a veces me olvidaba de la segunda.

Una vez que me encontraba pasando por un largo período de desaliento y dudas sobre mi propia capacidad, una amiga íntima que percibió mi estado de ánimo me dijo: «Si amaras a tu prójimo como a ti misma, nadie se te acercaría». Sus palabras me sorprendieron y me llevaron a preguntarme sinceramente: ¿Yo me quiero? Mi respuesta fue un no rotundo, lo que derivó en otro interrogante: ¿Por qué no? ¡Pues es obvio! Enseguida procedí a repasar mi larga lista privada de defectos y fracasos. Pero en medio de aquella andanada de negatividad, inesperadamente se me ocurrió preguntarme: ¿Quiere Jesús que me ame a mí misma?

Cuanto más reflexionaba, más me convencía de que Jesús desea que me ame a mí misma. ¿Por qué? Porque Él me ama y dio la vida por mí. Porque soy creación Suya, formada maravillosa y singularmente a Su imagen. Él conoce todos mis defectos y malas costumbres, pero no por ello deja de celebrar mi vida6 ni de valorar mis cualidades y personalidad. Más aún, ve en mí posibilidades ilimitadas. Me ama tal como soy. Tomé conciencia de que quiere que me vea a mí misma como Él me ve, que abandone mi autorrecriminación, que deje de criticarme y que más bien me acepte y me tenga cariño como persona, es decir, que me ame a mí misma, por muy abrumadora que me parezca esa tarea.

Cuanto más siembre un sano amor y respeto de mí misma, con mayor libertad y plenitud podré amar a los demás. El amor propio presentado en la Biblia no es una autoadoración inflada y narcisista, centrada en uno mismo y excluyente de los demás. Se trata de un amor y respeto sincero y restaurativo de uno mismo, pues todos somos portadores de la imagen de Dios, pecadores redimidos e hijos adoptivos Suyos. Sus frutos son la paz y el contentamiento interior, la bondad y la generosidad para con los demás, y la gratitud y la devoción para con Dios.

Amor a Dios, amor al prójimo y amor por uno mismo: juntos nos brindan sanidad y verdadero gozo.

Evelyn Sichrovsky. Creadora de contenidos para libros y materiales didácticos infantiles

 

 

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