¡Mi tesoro!

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Me supongo que a todas las primerizas les sucede lo mismo: no hay nada que me entretenga más que observar a mi bebita. Sus expresiones faciales, la vivacidad que se refleja en sus ojos, su curiosidad… Casi todo lo que hace despierta mi amor maternal. Y un maravilloso día tomé conciencia de que así, ni más ni menos, me ve Jesús a mí, pues me ama incondicionalmente.

Prestar atención a Ashley sentadita en la cama, que me miraba con sus brillantes ojos azules y una sonrisa de oreja a oreja, me puse a pensar: “¿Cómo no voy a quererla? Desde luego, a los seis meses es más activa que un cachorrito. A veces se ensucia, se queja, se despierta por la noche pidiendo que le dé de comer cuando yo quiero dormir. Pero haga lo que haga, ¡nunca dejaré de quererla y de velar por ella!”

Me acordé de que el día anterior me había sentido muy deprimida y alejada de Dios. Había hecho tantas cosas mal que estaba convencida de que Jesús había dejado de amarme. Pero al mirar a los ojos a mi hijita sentí que Él me hablaba: «¿Cómo podría dejar de amarte? ¿Cómo se me ocurriría dejar de velar por ti? Eres la alegría de Mi vida. Claro que no eres perfecta y que a veces armas enredos y metes la pata; pero todo eso forma parte de tu aprendizaje. El amor que abrigo por ti es permanente; no es un sentimiento veleidoso. ¡Puedes tener la tranquilidad de que siempre serás Mi tesorito!»

Tus hijos son el mayor regalo que Dios te ha dado, y sus almas la mayor responsabilidad que pondrá en tus manos. Dedícales tiempo, infúndeles fe en Él. Sé una persona en la que puedan confiar. Cuando llegues a la vejez, de todo lo que hayas hecho eso habrá sido lo más importante.  Lisa Wingate

Beth Jordan. Misionera

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