Nos beneficiamos de la Palabra cuando hacernos una distinción apropiada entre las promesas de Dios.

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 Muchos cristianos son culpables de hurto espiritual, por lo cual quiero decir que se apropian algo que no les pertenece, pero que pertenece a otro. “Algunos acuerdos del pacto hecho con el Señor Jesús en cuanto a sus elegidos y redimidos, no están sujetos a ninguna condición por lo que se refiere a nosotros; pero muchas otras valiosas promesas del Señor contienen estipulaciones que deben ser atendidas cuidadosamente, pues de otro modo no podemos obtener la bendición. Una parte de la diligente búsqueda del lector debe dirigirse a este punto tan importante. Dios guardará la promesa que te ha hecho; con tal que tú tengas cuidado de observar las condiciones en que se te ha hecho el acuerdo. Sólo cuando cumplimos los requisitos de una promesa condicional podemos esperar que la promesa nos sea cumplida” (C. H. Spurgeon).

Muchas de las promesas divinas son dirigidas a personas o tipos de personas específicos, o, hablando con más precisión, a gracias particulares. Por ejemplo, en el Salmo 25:9, el Señor declara que El encaminará a los humildes por el juicio, pero si estoy fuera de comunión con El, si estoy siguiendo el curso de mi voluntad propia, si mi corazón es altivo, entonces no estoy justificado si me apropio el consuelo de este versículo. Otra vez, en Juan 15:7, el Señor nos dice: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis y os será hecho.” Pero, si no estoy en comunión de experiencia con El, sí sus mandamientos no regulan mi conducta, mis oraciones no van a ser contestadas. Aunque las promesas proceden de la pura gracia, hemos de recordar siempre que la gracia reina por medio de la justicia (Romanos 5:21) y que nunca es puesta de lado la responsabilidad humana. Si no hago caso de las leyes que se refieren a la higiene, no debo sorprenderme si la enfermedad me impide disfrutar de muchas de sus misericordias temporales: de la misma manera, si dejo de lado sus preceptos sólo puedo acusarme a mí mismo si dejo de recibir el cumplimiento de muchas de sus promesas.

Que nadie piense que con sus promesas Dios se ha obligado a no hacer caso de los requerimientos de su santidad: El nunca ejerce ninguna de sus perfecciones a expensas de otra. Y no nos imaginemos que Dios magnificaría la obra sacrificial de Cristo si concediera los frutos de la misma a almas descuidadas e impenitentes. Hay un equilibrio de la verdad que debe ser preservado aquí; que por desgracia se pierde con frecuencia y bajo la idea de exaltar la gracia divina los hombres son “conducidos a la lascivia”. Con cuánta frecuencia se cita el versículo: “Llámame en el día de la angustia: yo te libraré” (Salmo 50:15). Pero el versículo empieza con “Y”, y antes de las precedentes palabras dice al final del versículo anterior: “Paga tus votos al Altísimo”. Otra vez, con qué frecuencia se hace énfasis en “Te

Seminario Reina Valera

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