Nos beneficiamos de la Palabra, cuando percibimos a quienes pertenecen las promesas

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Están disponibles sólo para aquellos que son de Jesús. “Porque todas las promesas del Señor Jesús son en él, sí, y en él, Amén” (2ª Corintios 1:20). No puede haber relación entre el Dios Trino y la criatura pecadora, excepto por medio de un Mediador que le ha satisfecho a favor nuestro. Por tanto este Mediador debe recibir de Dios todo el bien para su pueblo, y ellos deben recibirlo, de segunda mano, procedente de Él. Un pecador puede pedir a un árbol con la misma eficacia que si pidiera a Dios si es que desprecia y rechaza a Cristo.

Tanto las promesas como las cosas prometidas son entregadas al Señor Jesús y transmitidas a los santos a través de Él. “Y ésta es la promesa que Él nos hizo, la vida eterna.” (1ª Juan 2:25), y cómo la misma epístola nos dice: “Y esta vida está en su Hijo” (5:11). Siendo así, ¿qué bien pueden sacar aquellos que no están todavía en Cristo? Ninguno. Una persona que no está en contacto con Jesús no recibe el favor de Dios, sino al contrario, está bajo su Ira; su porción no son las promesas divinas, sino las advertencias y amenazas. Es una solemne consideración el que aquellos que están “sin Cristo”, “están excluidos de la ciudadanía de Israel, y son extranjeros en cuanto a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Efesios 2:12). Sólo los hijos de Dios son “los hijos de la promesa” (Romanos 9:8). Asegúrate, lector amigo, de que tú eres uno de ellos.

¡Cuán terrible, pues, es la ceguera y cuán grave es el pecado de aquellos predicadores que indiscriminadamente aplican las promesas de Dios a los salvos y a los no salvos! No sólo están quitando el “pan de los hijos», y echándolo a los perritos”, sino que están “adulterando la palabra de Dios” (2ª Corintios 4:2) y engañando a las almas inmortales. Y aquellos que escuchan y les prestan atención son pocos menos culpables, porque Dios les hace a todos responsables de escudriñar las Escrituras por sí mismos, y poner a prueba todo lo que leen u oyen, bajo este criterio infalible. Si son demasiado perezosos para hacerlo, y prefieren seguir a ciegas a sus guías ciegos entonces que su sangre sea sobre su cabeza. La verdad ha de ser “comprada” (Proverbios 23:23) y aquellos que no están dispuestos a pagar el precio deben quedarse sin ella.

Seminario Reina Valera

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