Papá, querido papá. 2da parte

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La gracia poco o nada tiene que ver con la justicia. La gracia tiene que ver con un modelo particular de relación filial. La gracia tiene que ver con el hecho de que Dios nos ha hecho sus hijos en, y junto con, Jesucristo. Por gracia, el mismo Espíritu que está en Jesús está en nosotros. Es como si su ADN se convirtiera en el nuestro. Porque el Espíritu que está en Jesús, el Espíritu Santo, está en nosotros dado que hemos sido adoptados como hijos. Y, por lo tanto, asegura Pablo, tenemos derecho a recibir su herencia. Gálatas 4.5 y 7

La palidez de la justicia frente a la gracia se hace evidente ante el hecho de que, si bien el salario que paga el pecado es la muerte, (Romanos 6.23), entendida esta como la radical enemistad con Dios, el Señor actúa motivado por un factor ajeno a la justicia, se relaciona con nosotros a partir de su amor, pues asegura la Escritura: Dios nos ha dado la mayor prueba de su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores. Romanos 5.8 Es su amor lo que le ha llevado a tratarnos con misericordia y no justamente. Sobre todo, es su amor la razón de que nos haya hecho sus hijos.

No cabe duda que el cómo de nuestra relación filial con nuestros padres naturales afecta el todo de nuestra identidad y de nuestro quehacer vital. Ello, porque asumimos que nuestros padres son nuestro origen, nuestra raíz. Sin embargo, hay un hecho que debemos recuperar y tomar en cuenta. La razón de nuestra existencia, la decisión sobre la misma no descansa en la autoridad o poder de nuestros padres físicos. En nuestro pasaje pareciera que Pablo juega con las palabras cuando dice: Pero ahora que ya conocéis a Dios o, mejor dicho, ahora que Dios os conoce… (v9). ¿Desde cuándo nos conoce, cuándo empezó a interesarse en nosotros, cuándo decidió hacernos sus hijos?

La Biblia asegura que Dios, nos ha elegido en la persona de Cristo antes de crear el mundo. Efesios 1.4 En su omnisciencia, Dios, desde siempre, supo que y cuándo naceríamos. Desde siempre ha tenido ha tenido fijos sus ojos en nosotros y, lo que es mejor, desde siempre nos ha amado. Por eso nos llamó a vida abundante. Por eso es que nos ha capacitado por medio de su gracia para que seamos libres de las taras, las omisiones y los despojos que hemos sufrido en la vida. Nos ha hecho capaces por su misericordia y, por lo mismo, nos ha capacitado para que nos relaciones con los demás a partir de la misericordia recibida con misericordia para con ellos.

Cuando leemos Romanos 7, aquello del viejo hombre que nos hace pecar, casi siempre lo relacionamos con nuestras pasiones y deseos inmorales, con lo sucio. Pero, propongo a ustedes que la mayor manifestación de nuestro viejo hombre tiene que ver con nuestra cultura del merecimiento, el propio y el de los demás. Creo que es esta presión de ser hallados justos, perfectos o casi, la de dar la medida en todo, es lo que nos impide confiar en que la gracia recibida es suficiente y capacitadora para que podamos vivir y gozar nuestra condición de hijos de Dios, con todo lo que ello significa.

Por ello, termino invitando a ustedes a que privilegiemos la misericordia por sobre la justicia, al amor por sobre lo justo. Que, con San Agustín, amemos y, entonces, hagamos lo que nos venga en mano hacer. Propongo que empecemos practicando la misericordia porque, estoy convencido, al practicarla podremos descubrir y experimentar en nosotros mismos la plenitud de la gracia divina, de su misericordia.

Vida y Palabra. Ministerio de Casa de Pan

 

 

 

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