Planificación familiar responsable

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La biología humana confirma que una mujer sana podría llegar a tener alrededor de una veintena de hijos durante los años fértiles de su vida.

De hecho, algunas familias pertenecientes a la generación de nuestros abuelos, que no estaban sujetas a ninguna regulación de la natalidad, alcanzaron un número de descendientes que se aproxima a esta cantidad máxima. Una tal realidad biológica sugiere la necesidad de un adecuado control de los nacimientos por parte de los progenitores.

La Escritura piensa siempre a la criatura humana como colaboradora de Dios en la empresa de construcción del mundo. Se trata, no obstante, de una colaboración enteramente libre y responsable. La fecundidad sensata debería hoy formar parte importante de esta cooperación entre criatura y Creador. De manera que al hablar de paternidad o maternidad responsable habría que entender aquella reproducción humana que no se deja en manos del instinto, el azar, el destino, la naturaleza o una providencia mal entendida. Una cosa es confiar activamente con madurez, aceptando siempre la voluntad del Señor, y otra la pasividad del “sea lo que Dios quiera”, sin ningún tipo de continencia o control.

Entre la anticoncepción metodología o el malthusianismo como expresión de rechazo a la vida humana y el hecho de traer hijos al mundo de manera instintiva e irracional, está precisamente la verdadera procreación responsable.

Es lógico que los esposos sean quienes decidan el número de hijos que deben tener y que tal determinación se haga en función de factores importantes para la familia.

La salud física o mental de los padres será siempre un criterio determinante, así como la calidad de las relaciones maritales. Si existen perspectivas de continuidad o, por desgracia, se está contemplando la posibilidad de una separación o divorcio. El derecho de los hijos al cariño y la ternura de sus padres, (Ef. 6:4), es algo que a veces resulta difícil de conseguir cuando ya hay muchos niños.

Por tanto conviene pensar si la llegada de un nuevo ser va a suponer un perjuicio para los hijos anteriores; si se le podrá alimentar y educar convenientemente, etc. Todas estas posibles consideraciones que los esposos deben hacerse, antes de decidirse a tener un hijo, tendrían que acompañarse también de un cierto sentido de esperanza.

El miedo a la paternidad que se vive hoy en determinados ambientes del mundo occidental, no debiera pesar más que el alentador desafío de concebir una nueva vida.

Pastor Antonio Cruz

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