El problema del éxito 1ra parte

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Otro problema que debemos enfrentar se deseamos desarrollar la actitud de una persona a la que no le preocupa sobrevivir, es el éxito. Si hemos tenido éxito en algo, nos sentiremos tentados a cuidarlo, a tratar de que la gente siga pensando que somos extraordinarios. Así que nos arriesgamos menos, y nos convertimos en una fortaleza en lugar de un ejército que avanza. Construimos cercos y muros a nuestro alrededor, de manera que nadie pueda entrar a nuestra vida y destruir aquello que es tan precioso para nosotros.

Pablo habla del problema del éxito en 1 Corintios, y dice algunas cosas que nos ayudan a mantener una actitud humilde. “Pero Dios escogió lo insensato del mundo (…) lo débil (…) lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, (…) a fin de que en su presencia nadie pueda jactarse (1 Corintios 1:27-29). En el capítulo 2 dice que cuando llegó a Corintio prefirió acercarse a ellos en debilidad, con temor y temblor, no con palabras persuasivas, sino con demostración del Espíritu y de poder (1 Corintios 2:1-4). Una cosa que Pablo dice en este pasaje bíblico es que tenemos la posibilidad de decidir. Aunque era sabio y brillante, decidió acercarse a los corintios con temor y temblor. Podría haberlos abrumado con todo su conocimiento de idiomas. Podría haberlos impresionado con la riqueza de su conocimiento y sus múltiples experticias. Pero decidió dejar todo eso de lado, acercarse a ellos y hablarles de la cruz de Jesucristo. Decidió acercarse con sencillez, sin profundidad doctrinal; con humildad, sin arrogancia.

Una de las experiencias más importantes de mi vida me sucedió hace unos años, cuando me preparaba para predicar ante un gran congreso de jóvenes. Mis colaboradores en la iglesia habían orado por esto durante seis meses. Yo estaba seguro de que este congreso iba influir en las vidas de muchas personas. Los organizadores querían que mil jóvenes pasaran al frente y respondieran al llamado al ministro de tiempo completo, así que yo sentía una responsabilidad tremenda. Me preparé y oré, como nunca lo había hecho en mi vida. Hasta que, la tarde antes de predicar, mientras estaba en mi cuarto en el hotel, sentí que Dios me decía: “Ah, John, quiero que sepas que no voy a usar tu mensaje esta noche”. No me molesto con frecuencia, pero rápidamente me di cuanta de que iba a ver 7.000 personas en ese lugar, ¡y Dios me decía que no iba a utilizar mi mensaje! Yo había trabajado mucho en ese mensaje. Era muy motivador, y esos jóvenes necesitaban oírlo. Pero Dios me dijo: “No, John. Escúchame a mí”. En ese momento podría haberme subido a un avión para volver a casa.

Pero me quedé, y confié que Dios tenía un plan mejor. Él me hizo sentir que el éxito de esa noche dependería de Él, no de mí. Me indicó que leyera el pasaje de 1 Corintios 1 y compartiera con los jóvenes que Dios iba a moverse con poder en ese culto, porque mucha gente había orado. Lo único que Él quería que yo hiciera, era leer el pasaje bíblico, orar y hacer la invitación.

John C. Maxwell

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