¡Debe ser purificador el amor del esposo!

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“Para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada” (Efesios 5:26-27)

El amor solo desea lo mejor para aquel a quien ama, y no puede soportar que un ser amado se corrompa o se desvíe por cualquier cosa maligna o dañina. Cuando el amor de un esposo por su esposa es como el amor de Cristo por su iglesia, procurará de manera continua ayudar a purificarla de cualquier clase de impureza. Se esforzará en protegerla de la contaminación del mundo y en proteger su santidad, virtud y pureza.

El marido no tiene la potestad de limpiar salvíficamente a su esposa como lo hizo Cristo por su iglesia. El esposo no puede “lavar los pecados” de su esposa porque solamente la obra de Jesús lo hace. Sin embargo, el esposo puede compartir la Palabra con ella, animarla en su servicio a Dios, orar por su crecimiento espiritual y la santificación de su vida colaborando en el proceso de su santificación.

Las herramientas que todo esposo cristiano tiene para llevar a cabo esa tarea son la Palabra de Dios y la oración. El esposo que ama a su esposa gestiona diligentemente llevar a su esposa donde se enseña la Palabra. Constantemente la expone a la Palabra porque sabe que solo ella purifica y santifica. Al mismo tiempo está orando con ella y por ella pidiendo a Dios que le guarde de pecado e impureza.

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