¿Quién dijo que los hijos de Dios no tenemos derecho a pedir?

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Porque Dios nos dará siempre lo mejor  por la sencilla poderosa razón de que los hijos de Dios sabemos pedir sabiamente. No pedimos necedades, ni nos tiramos al suelo tirando de patadas, enojados con Dios cuando no contesta nuestros caprichos.

No necesitamos el automóvil más caro del mundo, ni una tonelada de oro en joyas y piedras preciosas para colgárnoslas del cuello y así sentirnos felices, ni necesitamos demostrar prosperidad y buena posición social para tener la seguridad de quienes somos.

Sabemos que la raíz de todos los males es el amor al dinero, a las posesiones materiales. Tanto el dinero y las posesiones pueden ser de gran bendición, pero nuestra oración no se enfoca en pedir y pedir “juguetes caros” que luego se pueden transformar en problemas.

También sabemos aceptar el “no” de Dios.

Entendemos que si no recibimos algo de manera inmediata es por nuestro bien: no lo necesitaremos nunca, o Dios traerá esa bendición a nuestras vidas en el tiempo perfecto.  No debemos estar ansiosos, afanosos, nerviosos por nuestro futuro.

Si hemos tomado malas decisiones, si hemos cometido errores y estamos sufriendo las consecuencias de esas fallas, aun así, tenemos el derecho a traer nuestras peticiones a Dios con ruego, como nos manda este versículo que leímos.

Ruego significa el tener la humildad de saber nuestro lugar en la familia de Dios. Nosotros somos los hijos, no es que tengamos derecho a recibir lo que queremos porque nos hemos portado bien, pero tenemos el derecho porque hemos sido cubiertos con la sangre del cordero y ahora somos hijos y herederos, y esto nos da la libertad de venir ante Dios, con insistencia, con persistencia, no dije con altanería y exigiendo, sino con la tenacidad de saber que la respuesta de Dios traerá liberación, paz a nuestras almas y a nuestras familias.

 

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