Sacrificio y amistad

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Cuando Jesús expresó a Sus discípulos que no hay un amor más grande que el dar la vida por los amigos, no hacía otra cosa que describir con nobleza la muerte que días después habría de padecer en la cruz para la salvación de la humanidad. Los sucesos posteriores demostraron que estuvo dispuesto a entregarlo todo por nosotros, Sus amigos. El amor y la amistad que Jesús nos brinda son perfectos.

A veces me he preguntado cómo actuaría yo si me viese en una situación en que pudiera salvar una vida ajena a cambio de dar la mía. Claro que es improbable que alguna vez me enfrente a una prueba tan trascendental. Lo más natural es que las ocasiones de entrega y sacrificio que se me presenten sean más prosaicas y que no me exijan algo tan radical como dar la vida.

¿Me ofrezco a acompañar a un amigo que está pasando por un mal momento pero que no es particularmente agradable ni de fácil trato? ¿O pongo algún pretexto y procuro evitarlo? ¿Visito a una amiga que está enferma, no solo una vez para quedar bien, sino más veces, con la regularidad que haga falta? Si consigo un boleto para un importante recital o evento, ¿se lo ofrezco a un amigo que no lo pudo conseguir? Cuando a una amiga la invitan a pasar unas vacaciones en un lugar de ensueño o se le presenta una oportunidad laboral increíble, ¿me alegro por ella de corazón, o envidio su buena fortuna? Cuando los gustos de mis amigos en cuanto a restaurantes, pasatiempos y distracciones difieren de los míos, ¿tiendo a exigirles que se acomoden a mis deseos?

Oportunidades como esas de hacer sacrificios poco espectaculares son parte de la cotidianidad y constituyen pruebas mucho más fehacientes de mi carácter que un hipotético drama de vida o muerte. Yo desde luego tengo mucho que mejorar en este aspecto. Sin embargo, trabajar en este número de Conéctate me ha motivado a esforzarme más por ser un amigo de esos que, como dice la Biblia, aman en todo tiempo.

Gabriel García Valdivieso. Escritor cristiano

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