Soledad en familia. 1ra parte

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Con frecuencia nos encontramos que uno de los problemas más serios que enfrentan los miembros de la familia es, precisamente, la soledad. Soledad es, según la Real Academia Española: la carencia voluntaria o involuntaria de compañía. Si tal cosa es la soledad, difícil no solo asumir que quien es parte de una familia, de una comunidad humana, carezca de compañía. Sin embargo, son muchos los que viviendo en la misma casa que los suyos, compartiendo muchas horas del día, aun durmiendo acompañados, o acompañadas, sufran de lo que bien podríamos llamar: soledad en familia.

Desde luego, son muchos los rostros de la soledad en familia. Pensemos, por ejemplo, en las madres de familia. Curiosa o lamentablemente, representan la mayoría de quienes se quejan de sentirse solas. Por lo general, no se trata de las madres solteras, divorciadas, separadas, o viudas. Más bien, quienes se quejan de padecer tal soledad son mujeres casadas, que viven en compañía de su marido y, no pocas veces, de sus hijos y hasta de sus nietos. También están las hijas solteras, generalmente las que han tenido que renunciar a su propia vida en aras de acompañar y servir a los suyos: a sus padres, a sus hermanos, a sus sobrinos, etc. No pocos adolescentes, mujeres y hombres, se asumen en soledad. Se aíslan y los marginan, el ruido que hacen con su música y con su conducta retadora, pareciera ser la manera en que algunos adolescentes quieren gritar su soledad. Están, también y en número creciente, los abuelos. Verdaderos extranjeros en sus propios hogares, diferentes, marginados y siempre a la caza de un gesto, una palabra, una acción que les recuerde que no sólo están vivos, sino que también son amados por los suyos. Desde luego, no pocos de los que padecen del mal de la soledad en familia son los hombres de la casa. Maridos y padres, sí, pero que se sienten extraños, fuera de lugar, en la compañía de aquellos a los que aman y que les aman.

Alguien ha dicho que la soledad no consiste en estar solo, sin compañía; sino, más bien, soledad es el no sentirse apreciado por los demás. El aprecio es la estimación afectuosa de alguien. Así, ser apreciado es ser reconocido con afecto; es decir, saber que aquellos a quienes uno ama y que son importantes para nosotros, están inclinados a nuestro favor y por lo tanto dispuestos a mostrarnos su amor, interés y favor incondicionalmente.

La soledad de las mujeres casadas no consiste, entonces, en la percepción que ellas tienen de la carencia de la compañía del esposo, sino en la falta de disposición del mismo para mostrar a su esposa amor, interés y favor incondicional. La soledad de las hijas solteras pasa por el dolor de la ingratitud. Ellas no solo han entregado su propia vida, sus recursos, su tiempo, a los que aman. También han tenido que, en no pocos casos, enfrentar la ingratitud, el reproche injusto, los desaires de aquellos a quienes han servido. A veces, sirven cada vez más esperando que se les reconozca el mérito de su entrega y, en no pocos casos, la muerte de los que sirvieron sólo viene a confirmar que su amor, su entrega y su servicio, al igual que ellas mismas, no fueron apreciados ni reconocidos con afecto.

En tratándose de los adolescentes y de los ancianos, nos encontramos con que se cumple aquello de que los extremos se unen. Quizá la principal razón que ambos grupos tienen para explicar su no ser comprendidos, su saberse ajenos a quienes les rodean, no es solo su edad, sino el hecho de que se encuentran en una etapa de transición. En efecto, adolescencia y vejez no son etapas terminales, son etapas que anuncian el advenimiento de una nueva forma de vida. En el caso de los adolescentes, se les anuncia la llegada de la edad adulta, en la que se hará notorio quienes son y qué pueden hacer. En el caso de los ancianos, etapa que anuncia la cercanía de la eternidad. Del dejar esta vida para dormir y esperar la manifestación plena de la vida eterna. ¿Quién podrá comprender a quienes viven tales circunstancias?

Los hombres, aún llenos de amigos, siguen estando solos en casa. Aislados, cuando no se les comprende y aislándose cuando no se comprenden a sí mismos. Asumiendo sus responsabilidades y cansándose de las mismas. A veces queriendo recibir un poco más, y deseando dar un poquito menos. Cuando no son lo que se espera que sean, pagan el precio de la incomprensión y hasta el abandono.

Pastor Adoniram Gaxiola

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