¡Sonrisa del abuelo! 2da parte

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Mi familia siempre había concurrido a la misma iglesia, en un pueblito tan pequeño que ni siquiera aparece en un mapa parcial de los Estados Unidos. Todos los domingos, el abuelo llegaba 20 minutos tarde como mínimo. Y todos los domingos, un grupo de unos 30 niños entraba detrás de él. Aquel era su pequeño apostolado. Reunía a los niños de las familias pobres que vivían en los cerros y los llevaba a la iglesia.

Años después, en un banco de una ciudad de la zona, un joven empresario escuchó a mi padre decirle su apellido a alguien.

—¿Hancock? —preguntó—. ¿Por casualidad tiene usted algún parentesco con Ed Hancock?

Procedió a contarle que de niño se había criado en los cerros y que todos los domingos sin falta mi abuelo lo llevaba a la iglesia.

—De eso tengo recuerdos muy gratos; pero lo que realmente transformó mi vida fue lo que me dijo un día: «Sé que vienes de una familia pobre y te parece que nunca serás gran cosa. Pero ten la certeza de que Dios te ama y tiene un plan para ti».

En la secundaria y posteriormente, en la universidad, fue una lucha conservar la fe rodeada de profesores ateos y amigos escépticos. A veces yo misma dudaba de mis convicciones. Pero aun en los peores momentos, el recuerdo de la sonrisa y la fe de mi abuelo me convencían de la existencia de Dios.

Hace 36 años decidí entregar mi vida al Señor y ver qué haría Él con alguien insignificante como yo. Desde entonces he misionado en diez países, compartiendo el amor de Dios y conquistando almas para Jesús. He superado mi timidez, me he dirigido a grupos numerosos de personas, he dictado seminarios y he tenido por alumnos a cientos de niños y jóvenes. He hecho muchas cosas que aquella tímida y azorada adolescente de 14 años ni soñaba que haría.

Al resonar los rostros de las personas con quienes he orado para que acepten el precioso don divino de la salvación, no puedo concebir una vida más estupenda o gratificante. Aun hoy, Dios no deja de poner en mi camino personas que me inspiran gran afecto. Percibo sus temores y su timidez y las tomo de las manos. Sin pensarlo, me salen las palabras: Entiendo que a veces no sepas qué hacer y te preocupe lo que serás. Pero Dios te ama y tiene un plan para ti.

Joyce Suttin. Escritora cristiana

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