Una familia cristiana demanda paciencia

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 ¿En cuántas ocasiones alguien de nuestra familia nos ha sacado de nuestras casillas? Creo que todos hemos pasado por esos momentos en los que no eres capaz de soportar ciertas actitudes y actos de tus hermanos y padres. Luchamos contra la familia en vez de defenderla. Somos demasiado impacientes para pedir y demasiado indolentes para dar. Todos tenemos diferentes personalidades y temperamentos, y no hemos de considerarnos el ombligo del mundo. Como familia cristocéntrica, la paciencia es una virtud que hay que saber administrar por lo poca que suele haber en el hogar.

La falta de paciencia ha convertido a las familias en islas desconectadas entre sí. Cuando escuchamos de nuestros padres algo que no nos conviene, nos hacemos los sordos o directamente les hacemos callar con un volumen de voz bastante más alto. Cuando la voz de la experiencia nos habla, y lo hace con amor, a menudo la recibimos con exasperación. Se pierde la comunicación entre generaciones porque estamos siempre a la defensiva, y en nuestra impaciencia obviamos todo cuanto nos puedan decir. La familia cristiana sobrelleva las cargas mutuamente y escucha con paciencia cualquier consejo que provenga del corazón.

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