Una segunda luna de miel. 1ra parte

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Tras veinte años de matrimonio en los que casi no pasé una sola noche sin mi marido, las circunstancias nos mantuvieron separados durante más de un año. Yo estaba en las hermosas Islas Filipinas llevando a cabo labores misioneras con nuestros dos hijos adolescentes mientras él recaudaba fondos en Canadá —nuestro país de origen— para la obra que realizábamos. Además, estaba allí para ayudar a nuestros dos hijos mayores a conseguir empleo y establecerse. Era una de esas situaciones en las que no queda otra que apretar los dientes y cumplir con el deber. Así y todo, echaba de menos la compañía y el apoyo afectivo de Bruce. Nuestros dos hijos menores también sentían la falta de su padre.

Meses antes le había dicho a Jesús que deseaba mucho que Bruce pudiera estar conmigo para mi cumpleaños. Sin embargo, al acercarse la fecha entendí que no iba a ser posible. Los vuelos intercontinentales no son baratos, y Bruce trabajaba casi sin descanso, como es habitual en él. De todas maneras, mi corazón se resistía a aceptarlo.

Llegó el día de mi cumpleaños. Me estaba preparando para una pequeña reunión con unos amigos cuando alguien me dijo que me vistiera bien, que me habían preparado una sorpresa y que pasarían a recogerme en 15 minutos. Aquello me desconcertó un poco. Me maquillé rápidamente, me puse mi mejor blusa y salí por la puerta.

Una amiga me esperaba en la entrada con el motor del auto encendido. Condujo unas cuadras antes de decirme a dónde nos dirigíamos. Dado que el centro de voluntarios en el que trabajo es un lugar de mucho ajetreo y bastante bullicio, mis amigos sabían que las oportunidades de dormir hasta tarde o descansar un poco más eran escasas. En vista de eso y con el objeto de que mi cumpleaños fuera una ocasión especial, habían hecho los arreglos para que pudiera alojarme un par de noches en un buen hotel. Podría relajarme en una habitación cómoda con aire acondicionado, disfrutar de la piscina y las demás instalaciones, y dormir todo lo que quisiera. ¡Cuántas molestias se habían tomado! Me sentí muy querida y valorada.

Llegamos al hotel, y me entregó la llave de la habitación. No había necesidad de registrarse, me dijo con mucha naturalidad. Estaba todo resuelto. Con una sonrisa y una mirada de complicidad, partió.

Subí las escaleras hasta el segundo piso, coloqué la llave en la cerradura de la suite nº 9 y la hice girar.

Lo primero que vi cuando abrí la puerta fue una mesa con una vela encendida, una torta de cumpleaños en forma de corazón, una botella de vino tinto y dos copas. ¿Sería que…?

Rose Gagnon. Miembro de La Familia Internacional en las Filipinas. 

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