¿Casada con Peter Pan? 2da parte

Jacob es otra clase de macho, se trata del macho complaciente. Estaba casado con dos mujeres, mismas que eran hermanas. Debe haber sido la suya una dinámica conyugal muy compleja y desgastante. Lea y Raquel tenían pleitos frecuentes, como hermanas y como esposas competían entre sí. Un día, Rubén, hijo de Lea, encontró mandrágoras en el campo. Cuando Raquel lo supo creyó que, si las comía, sus problemas desaparecerían. Siendo estéril por decisión divina, vio en las mandrágoras la oportunidad de despertar su fertilidad, o cuando menos, de evadirse de su realidad drogándose. Así que negocia con Lea. Al final, a cambio de las mandrágoras, Raquel la deja dormir con Jacob. Lea no lo piensa y acepta el trato. Acecha a Jacob cuando este regresa del campo y le advierte: pagué por ti con algunas mandrágoras que encontró mi hijo. Jacob, complaciente, duerme con ella y le hace un hijo más. Todos felices.

Harto de los pleitos de sus mujeres, Jacob les pierde el respeto y actúa de manera complaciente con ellas. No hace lo que es propio de su condición de esposo, ni lo que conviene o resulta oportuno. Manipula a su familia volviéndose tolerante, permisivo. Le da igual lo que pase. Lo único que le interesa es su propia tranquilidad y, por lo tanto, usa su poder para evadir su responsabilidad.

En nuestros días crece el número de los hombres que ante los conflictos familiares se evaden, se encierran en sí mismos, recurren al alcohol o a otras drogas, se hacen infieles, se van a casa de mamá. Se trata de los hombres conscientes de su condición de cabeza de la mujer, de jefes de la familia. Pero, de hombres que renuncian a su liderazgo conyugal y paternal. No les importante poner en riesgo a los suyos, porque lo único que ansían es sentirse bien, estar tranquilos. Abusan de su mujer e hijos desentendiéndose de ellos.

Se aíslan, porque pueden. Dan menos dinero o dejan de darlo, porque pueden. Abandonan a la esposa y a los hijos, porque pueden. En este contexto, la evasión, el dejar de estar comprometido, es una expresión del poder de hombres enfermos, de hombres machos.

Hace poco leí que la mayoría de los hombres que llegan a edades avanzadas mueren con cáncer de próstata, aunque no todos mueren por el cáncer de próstata. Traigo esta a colación, porque es muy probable que todos los hombres muramos siendo machos. Lo que no significa, necesariamente, que el cómo de nuestra vida esté necesariamente determinado por tal actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres. Es decir, aunque inoculados con el germen del machismo no tenemos que ser, ni actuar, como machos. También en esta área de nuestras vidas podemos vestirnos del hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Efesios 4.17ss

El primer paso a seguir consiste en la aceptación de nuestra condición de machos y en la identificación del modo en que expresamos y ejercemos nuestro machismo. Abrir la puerta a la posibilidad de considerarnos machos, nos ilumina nuestro entendimiento y nos permite identificar las causas y los disparadores de nuestras actitudes y conductas machistas. Obviamente, este es un paso doloroso y que requiere de que seamos humildes, dispuestos a reconocer nuestras debilidades y faltas. Ningún hombre debería meterse a nadar en tales aguas si no lleva el salvavidas de su comunión personal con Cristo. De ahí la necesidad de abundar en nuestra relación con él, del darnos la oportunidad y el tiempo para la práctica de la oración, de la lectura y el estudio de la Palabra y del fortalecimiento de nuestras relaciones con otros hombres, nuestros hermanos en la fe.

El segundo paso tiene que ver con el arrepentimiento y la conversión. Se trata de, una vez aceptada nuestra condición de machos e identificados los modelos machistas que seguimos, pidamos perdón a Dios por nuestras faltas y nos propongamos volver al camino de la justicia, la santidad y la verdad, propio del hombre nuevo. En esta etapa también necesitamos ayuda, sobre todo, orientación, consejo y una disposición para atender aquello que se nos indica y/o propone.

El tercer paso es el de la restitución. Los dos primeros pasos no involucran necesariamente ni a nuestra esposa, ni al resto de nuestra familia. El de la restitución sí lo hace. Nuestro machismo ha ido privando a los nuestros de aquello que les es propio, que les pertenece: aprecio, respeto, apoderamiento. Además, los hemos cargado de cosas que les impiden ser ellos y alcanzar su plena realización: amargura, inseguridad, culpa, automenosprecio, etc. Restituir es: Volver algo a quien lo tenía antes. Restablecer o poner algo en el estado que antes tenía. El machismo destruye, despoja, lastima. Como machos hemos destruido, robado y lastimado a nuestra esposa e hijos, así como al resto de nuestros familiares. No basta, entonces, con que nos sintamos mal por ello, ni siquiera con que pidamos perdón sinceramente. Debemos dar lo que tomamos indebidamente y restablecer aquello que contribuimos a destruir.

Desde luego, el machismo no puede ser superado ni con un sermón, ni con un momento emocionado de arrepentimiento y propósito. El de la superación del machismo es un camino que hay que recorrer día a día y circunstancia en circunstancia. Pero no por difícil, costoso y doloroso, es menos posible. Hay esperanza para los machos que quieren dejar de actuar como tales. Es esta nuestra fe, nuestra convicción y nuestra exhortación. Por ello animo a los hombres interesados en vivir dignamente, a que se revistan del hombre nuevo. Así, con la ayuda de Dios podrán ser la clase de líderes que sus familias necesitan y encontrarán la paz, el contentamiento y la fortaleza que tanto anhelan. De nosotros, hombres fieles, depende que nuestras esposas dejen de estar casadas con Peter Pan, y descubran el amor de un hombre de verdad.

Ministerio Cada de Pan. Pastor Adoniram Gaxiola

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