¿El amor de Dios deja de ser?

Muchas veces creemos que un día establecido por el hombre es el único momento para demostrar el afecto. Sin embargo, existe un amor que nunca deja de ser, un amor que ha estado, está y estará siempre vigente para con nosotros.

El amor va más allá de lo que podemos pensar.

Es común asimilar que febrero es el mes del amor o en otras oportunidades Paris es la ciudad de amor. Pero realmente, ¿existe una fecha o espacio específico para el amor?

La palabra de Dios nos dice “Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida” (Isaías 43:4)

Desde la vientre de la madre que pudo llevarte ya Dios había predestinado tu propósito, fuiste de agrado para Él y no dudó en amarte. Tanto así, que lo dio todo por amor a ti.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna» (Juan 3:16)

No hay nada mejor para nosotros que permanecer en el amor de Dios, ese amor que trae consigo esperanza que no avergüenza.

Viviendo el amor de Dios

¡Jesús es nuestro mejor amigo! Y como sus amigos no hay nada creado entre el cielo y la tierra que pueda separarnos del amor de Dios.

Amor que aún siendo pecadores, Dios muestra para con nosotros. “Mirad cuál amor nos has dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él” (1 Juan 3:1)

Vivir en su amor es vivir en su paz, permanecer en Dios y él en nosotros. Sin embargo, en otras palabras, el amor de Dios esta reflejado en el perdón siendo el acto más genuino de su corazón.

Puedes darte cuenta que la verdadera historia de amor esta en Dios, desde el principio hasta el ahora y siempre será así. Jesús es la mejor historia que hable de amor que podemos conocer.

Entonces, ¿existe algún lugar o momento específico para expresar ese amor depositado en nuestros corazones?

“Pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios” (Juan 16:27)