Hablemos de los dones espirituales. 2da parte

Si, como asegura el Apóstol, los dones son para el bien de los demás, está implícito que todos los miembros de la Iglesia somos igualmente corresponsables de la salud, el desarrollo de los recursos recibidos y el cumplimiento de la tarea encargada a la misma. Aquí se cumple el principio de la sinergia espiritual, mismo que establece que el quehacer de la Iglesia es superior al efecto de los efectos individuales. Es decir, que cuando cada uno de los miembros de la Iglesia coopera con los otros aportando el ejercicio fiel de su don, el resultado es superior a la mera suma de las capacidades de los mismos. Cuando cada quien aporta lo que le es propio, se desarrolla una dinámica mucho más poderosa, mucho más efectiva y mucho más productiva que si cada uno realiza su tarea de manera independiente.

Precisamente por el origen, el propósito y la distribución de los dones, la manera en que la Iglesia funciona es otra, muy distinta a cualquier organización social. Primero, porque aunque somos muchos miembros, somos un solo cuerpo. Además, porque todos los miembros tenemos el mismo valor e importancia. Y, en tercer lugar, porque la integridad del cuerpo depende por igual del correcto funcionamiento de cada uno de sus miembros.

Pablo distingue entre dones, maneras de servir y funciones. Fijémonos que el Apóstol establece un vínculo entre cada una de estas cuestiones:

    Dones + un mismo Espíritu

    Servicio + un mismo Señor

    Actividades + un mismo Dios que hace todas las cosas en todos.

De tal clasificación podemos deducir que a los dones, capacidades particulares, corresponde una autoridad particular y un rol o actividad específica. De tal suerte que el Cuerpo no funciona de una manera jerarquizada, en la que uno de sus miembros siempre está a la cabeza con los privilegios y responsabilidades inherentes a su posición. No, en el Cuerpo de Cristo, la autoridad y la responsabilidad de cada uno de sus miembros está determinada por el don y la tarea encargada a cada quién.

Por ello, para el buen ejercicio de los dones se requiere de la sujeción mutua de los miembros del Cuerpo. Para que quien tiene el don de la palabra de conocimiento pueda cumplir con la tarea de enseñar, dirigir y corregir al resto de los creyentes, se requiere que estos estén dispuestos a escuchar, obedecer y seguir a quien Dios ha encomendado dicha tarea. Para que quien tiene el don de interpretar lenguas, pueda cumplir con su función, se requiere que haya quien hable lenguas y quienes estén dispuestos a escuchar la interpretación que este hace de las mismas.

La Iglesia requiere del ejercicio de los dones espirituales como el cuerpo humano requiere del aire. La ignorancia o negligencia en el conocimiento y el ejercicio de tales dones es causa de la esterilidad de la Iglesia y de su posible muerte. Juan 15.6

Todos los miembros del Cuerpo de Cristo somos corresponsables de la salud del mismo y del éxito o fracaso en el cumplimiento de su tarea.

A final de cuentas, cuando los miembros del Cuerpo ejercitan los dones espirituales recibidos, es Dios mismo quien hace todas las cosas en todos. Así se cumple su propósito en y al través de nosotros y, cada uno en particular, así como la Iglesia en general lleva el fruto que le es demandado.

Vida y Palabra. Ministerio de Casa de Pan

Deja tus comentarios