Eso de la maternidad no es tarea fácil. 1ra parte

La de la maternidad no es una tarea fácil. Las mujeres que son madres han de vivir enfrentando en primer lugar, no los retos de los hijos, sino el desafío que los mismos representan a su propio ser y quehacer. Contra lo que pudiera parecer, la fuente de las dificultades maternales no son los hijos, sino las propias limitaciones, reales o supuestas, que las mujeres enfrentan para proteger, formar y satisfacer las necesidades de sus hijos.

La maternidad hace evidente lo mejor de las madres, sus capacidades y virtudes; al mismo tiempo que pone de manifiesto lo peor de las mismas, sus limitaciones y, en no pocos casos, su incapacidad para cumplir las expectativas propias y de terceros, mismas que no siempre son, ni saludables ni propias de su tarea materna. De cualquier forma, la maternidad no es una tarea fácil.

De lo que la Biblia nos enseña respecto de la tarea materna, comprendemos que la maternidad consiste en una sucesión de etapas encaminadas a la emancipación, la autonomía, de los hijos y, en consecuencia, la de la madre misma. Es decir, aunque la maternidad es un estado que no termina sino con la muerte de la madre (pues se sigue siendo madre aún de los hijos muertos), el cómo de la relación maternal estará determinado por la edad y las circunstancias de los hijos. En la niñez, la madre, de manera particular, desarrolla una relación simbiótica con sus hijos. Se convierte en la primera fuente de cuidado, provisión y decisiones de los niños. El éxito o la consumación de la tarea materna en esta etapa consisten en propiciar que sus hijos vivan plenamente su niñez. Que el niño viva con gozo, libre para experimentar la vida, siendo amado y participante de un entorno familiar equilibrado, empoderante. Entorno que propicie en el niño el desarrollo de su espiritualidad integral, el amor y gusto por lo bello, lo sano, lo que trasciende, todo ello a la luz del fortalecimiento de su connatural fe en Dios.

En la etapa de la adolescencia, la tarea de los padres consiste, principalmente, en proporcionar la guía y el ánimo que sus hijos requieren en la búsqueda de su propia identidad. Se trata de ofrecer de manera objetiva una propuesta de los valores espirituales, morales y éticos, que el adolescente requiere para estar listo para su emancipación. Es esta una etapa de crisis, por lo que los padres tienen que aprender a buscar de manera constante el equilibrio entre la disciplina y la libertad, como elementos fundamentales de su tarea paterna. La tercera etapa, la más larga del quehacer materno, es la que está determinada por la adultez de los hijos. En esta, la tarea de la maternidad consiste en el acompañamiento respetuoso de la autonomía y responsabilidad de los hijos. Parte del reconocimiento del derecho que los hijos tienen de ser ellos, así como de la responsabilidad que los mismos tienen respecto de las decisiones tomadas, ya pasiva, ya activamente.

Cada etapa tiene sus propias expresiones de conflicto, riesgo y crisis. Quienes son madres, pueden identificar las fuentes de dolor que corresponden a cada una de ellas. Pero, otra vez, no se trata, primero, de las dificultades que los hijos viven, sino del cómo es que sus madres las enfrentan. Buen ejemplo es la ansiedad de las madres cuando no saben el paradero de sus hijos adolescentes, mientras que estos están tranquilos porque saben que, ellos mismos, están bien. No siempre lo que las madres ven, temen o esperan, tiene razón de ser. Así que, en no pocos casos, el dolor materno es causado no por la realidad sino por sus expectativas incumplidas.

Pastor Adoniram Gaxiola. Casa de Pan

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