La revelación del más grande amor.

Lectura Juan. 3. 16/21

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Esta solemne revelación que nuestro Señor Jesucristo hace; está íntimamente relacionada con la idea de la encarnación y redención reveladas en su conversación con Nicodemo; en ella se hace énfasis, en ser levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda más tenga vida eterna. Aquel que tan solo era reconocido como un maestro, ahora se le revela como el unigénito del Padre, que es dado, para cumplir el propósito de la vida eterna; y tiene gran significado esta palabra, porque es la primera mención, que de “vida eterna” se hace; y que será expresada en más ocasiones en este evangelio: Así vemos como conecta este propósito con la firme revelación que nuestro Señor Jesucristo, formula en el versículo que tomo como referencia.

En primer lugar, diré que el motivo y la fuente de nuestra salvación; es el amor de Dios hacia la humanidad, y que aquí es manifestada como una dadiva, al darnos a su único hijo; para que mediante la fe en él, tengamos como fin, la vida eterna.

Estamos, querido lector, ante una revelación, en la que todo es grande: El amor mas grande que viene de Dios; y no llegaremos a comprenderlo, hasta que midamos lo profundo e intenso de este amor, y la grandeza de su dadiva; con lo indigno del objeto a que va destinado. Porque Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos). Efe.2.4/5 No tenía más grande cosa que darnos que a su unigénito hijo. El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todo nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? Ro.8.32

Te imaginas por un momento, el gran dolor del Dios padre, al dar a su único hijo, en sacrificio expiatorio por tus pecados y por los míos, y es que; el camino hacia la vida para el hombre caído, por su olvido de Dios, pasa por la angustia del padre y por las aflicciones del Hijo; porque esta humanidad caída y sumergida bajo el peso del pecado, necesitaba una acción conjunta del Padre y del Hijo, para manifestar al mundo el amor con que nos amó y nos sigue amando, soportándonos con su misericordia; hasta el punto de: Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. 2ª Cor.5.21 ¡Cuan terrible angustia, oír de su hijo! Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? No pudo hacer otra cosa, abandonarle, para ampararnos a nosotros, a ti y a mí: La ley quebrantada por todos los desvaríos de la humanidad, tenía que ser satisfecha, y el sacrificio de Jesucristo cumplía como hombre; a la exigencia de la ley quebrantada y como ser divino a la exigencia de la justicia de Dios. Es una salvación completa, que nace del amor de Dios: Primero; su propósito, es individual “todo aquel” y luego es universal; “para que el mundo sea salvo por él. “

El propósito de Dios, para salvar al género humano, es el mayor de todos los propósitos, que el evangelio nos revela; levantándose como torre de salvación, en forma de cruz, para que el mundo, vea en ella, el amor de Dios derramado a nuestro favor. Porque el fin directo de esta entrega, por parte de Dios-Padre; es la salvación y no la condenación: Dios no ha enviado a su Unigénito hijo, para condenar, sino para salvar y rescatar lo que ya estaba en estado de condenación, por haberse instituido, el hombre, a sí mismo, incrédulo a esta misión divina de salvación. Dios hizo al hombre, y el hombre hizo de sí mismo un pecador; amando más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

Debemos tener en cuenta, mi buen amigo, que esta salvación, que es para vida eterna; se nos ofrece gratuitamente, el que cree en él, que comparado con la pasión y muerte en cruz, de nuestro Señor Jesucristo, es un regalo, un don que nosotros no merecemos, y no obstante, podemos ser los hombres y mujeres más privilegiados, si le aceptamos como a nuestro salvador. Así, pues, nosotros, como colaboradores suyos, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios. (2ª.Cor.6.1)

V.Ibáñez

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