Matrimonio o unión libre. 1ra parte

Que todos respeten el matrimonio y mantengan la pureza de sus relaciones matrimoniales; porque Dios juzgará a los que cometen inmoralidades sexuales y a los que cometen adulterio.

Hebreos 13.4 DHHD

Pareciera que el matrimonio goza de mala fama en nuestros días. Cada vez son menos los que se casan y más los que se divorcian. Esto no significa que cada día sean menos quienes establecen relaciones maritales permanentes ya que el número de parejas en unión libre y en concubinato aumenta significativamente. En nuestro país, dos de cada diez parejas han elegido el concubinato como su modelo de relación familiar.

Sin embargo, la consideración del matrimonio como un acto jurídico y como la única forma legítima de la relación de pareja es una cuestión, si no reciente, sí intermitente en la historia de la humanidad. Entre los griegos se reconocía la existencia del matrimonio a partir de un rapto simulado en el que la pareja, camino a la casa del novio, era guiada por la mamá de la novia con una antorcha encendida hasta el pie de la cama. En el Japón el novio dejaba flores a la novia, si durante la noche esta las recogía se asumía la existencia de la relación matrimonial. En la tradición cristiana, por siglos no fue necesaria la intervención de un ministro para legitimar la relación matrimonial, bastaba el testimonio público de la pareja que se asumía como marido y mujer.

En nuestro país, a partir de las Leyes de Reforma es el Estado quien legitima la existencia jurídica del matrimonio, con sus derechos y obligaciones. Las iglesias sólo consagran a Dios el contrato matrimonial de la pareja. Aunque, debemos decir, la ICAR asume que el matrimonio es un sacramento que sólo ella puede otorgar y, por lo tanto, el matrimonio es válido aún sin la intervención de las autoridades civiles. El hecho es que las formas jurídicas y los usos y costumbres que legitiman las relaciones maritales son diferentes y cambiantes, pero, no por ello, menos válidos unos que otros.

Es de suponer, por lo tanto, que, en los próximos años, las nuevas generaciones, contarán con modelos distintos a los actuales, y aún alternativos a los mismos, para la formalización de sus relaciones como pareja. Como hemos dicho, en la actualidad se incrementa la opción del concubinato por sobre la del matrimonio. Los argumentos son muchos: Lo que importa es el amor, un papel no tiene el poder para asegurar nuestra felicidad, el amor es libre y no necesita y puede ser regulado por un contrato, etc.

En la práctica lo que observamos es que no pocos de quienes optan por las distintas expresiones del amor libre lo hacen animados por temores, por experiencias fallidas y por resistencia al compromiso. Además, las relaciones humanas, como muchas otras cosas propias de la cultura postmoderna, están sustentadas en el supuesto de la satisfacción personal como derecho prioritario y la cosificación de las relaciones. Como cosas, las relaciones ni exigen ni garantizan lealtades que no vayan más allá de la relación inversión-beneficio. La calidad de las relaciones es medida por el beneficio obtenido en comparación con la inversión realizada. Así, si se asume que el beneficio no es suficiente la relación debe ser desechada.

Vida y Palabra. Ministerio de Casa de Pan

 

 

 

 

 

 

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