De regreso al tema bíblico.

Aunque la aniquilación podría apelar al sentimiento humano y a la sabiduría humana, no es una doctrina que surja de las enseñanzas bíblicas. Nunca debemos olvidar que el juez de la tierra hará siempre lo justo, y mantendrá siempre el balance perfecto y adecuado entre amor, justicia, paciencia y santidad. En los Evangelios parece que el Señor Jesús enseñaba y advertía a las personas a que evitaran el infierno tanto o más de lo que les aconsejaba a entrar en el gozo y las bendiciones del cielo.

Tal vez deberíamos tener en cuenta el énfasis que Jesús hacía y asegurarnos de que las personas entiendan que no solo hay un cielo que ganar, sino un infierno que evitar. Si es realmente verdad que las personas mueren y después enfrentan el juicio (He. 9:27), es importante que las interceptemos con el evangelio antes que experimenten la muerte.

Esperar que las personas puedan tener otra oportunidad de recibir a Cristo como Salvador después de la muerte o que, si no responden al evangelio ahora, dejarán de existir para siempre es un concepto peligroso y no bíblico. Para todos existe un futuro, que se determina en el presente. Para aquellos que no reciben a Jesucristo como su Salvador, su futuro final es verdaderamente terrible. Pero aquellos que reciben el misericordioso regalo de la salvación de Dios en base a la cruz de Cristo experimentarán un futuro final que es el glorioso más allá de cualquier descripción.

Mientras esperamos la venida de Cristo

Dios nos dio la profecía bíblica para que fuera una influencia positiva en nuestra vida diaria. El conocimiento del futuro fue designado para influenciar en gran medida el presente. Es por ello que mencionamos varias razones: (1) la profecía nos recuerda que nuestro Dios es soberano sobre toda persona, toda nación y todo ser angélico; (2) la profecía refuerza la verdad de que nuestro Dios es bueno, que tiene un futuro glorioso preparado para sus hijos, pues nos da esperanza en un mundo caracterizado por la desesperanza; (3) la profecía nos motiva a una vida santa; y (4) la profecía nos alienta a establecer metas y prioridades que estén en línea con las realidades futuras. El deseo de Dios es cambiarnos la manera de ver la vida al permitirnos tener algunas vislumbres de lo que nos espera más adelante.

Todas estas cosas, definitivamente, tienen un  lugar en nuestro modo de pensar, pero no debemos permitir que nieguen los propósitos que Dios tuvo en mente para con la profecía bíblica. En el análisis final, tanto en nuestro corazón, como en nuestra mente, deberíamos unirnos al teólogo más importante de la iglesia que amaba la venida de Cristo y vivía su vida esperando con ansias al Salvador que vendrá del cielo (Fil. 3:20; Ti. 4:8). Algo no estaría del modo bien si evaluáramos todas las teorías del arrebatamiento, pero no nos interesa particularmente ver a Aquel que vendrá a buscarnos en ese gran suceso.

Cuando contemplamos el futuro a través de la lente de la Palabra de Dios, no podemos dejar de asombrarnos por su sabiduría, poder y amor. Él reinará en majestad y gloria, y sus hijos experimentarán plenitud de gozo. La profecía bíblica no es un cuento de hadas para niños, y sin embargo, el final es el mismo: “Y vivieron felices por siempre”.

Paul. N. Benware. Profesor de la División de Estudios Bíblicos de Philadelphia Biblical University