Rompiendo la maldición de la pareja. 1ra parte

Una vez más, hemos comprobado que la problemática de las parejas es compleja, particular y, siempre, diferente. Podemos hacer una paráfrasis de aquel popular dicho y declarar que, en materia de conflictos, cada pareja es un mundo. Sin embargo, también hemos encontrado que hay un factor que se encuentra presente en la mayoría de las parejas, tanto las que permanecen juntas –aunque no necesariamente por ello unidas-, como las separadas, divorciadas o en camino a ello. Que este factor trasciende cuestiones de edad, nivel social, confesión religiosa, etc. Se trata de un modelo de relación en el que se pretende que la mujer debe estar necesariamente subordinada al marido.

Culturalmente estos hombres y mujeres han aprendido que toca a la mujer la tarea de seguidora y al hombre el asumir la responsabilidad de la jefatura familiar; entendiendo esta como el derecho del hombre a decidir lo que está bien para la mujer y los hijos, lo que deben ser y hacer estos y la manera en que la familia debe organizarse. El resultado es una relación simbiótica que lejos de satisfacer a los miembros de la familia les impone roles y cargas que no les son propias. La mujer sumisa debe pagar el precio de su relegamiento, de su menosprecio y de la renuncia a su dignidad. A cambio de ello recibe el seudo beneficio de la protección, la seguridad económica y, sobre todo, el de no tener que asumir la responsabilidad de su propia vida, ya que lo que de lo que ella es y hace debe responsabilizarse a su marido. Este, por su lado, recibe el seudo beneficio de ser el señor de la familia, impone su voluntad y no tiene que dar cuenta de lo que es y hace a nadie. Pero, a cambio de ello, debe llevar sobre sus hombros no solo la responsabilidad de proveer a los suyos los recursos que requieren, sino que también resulta responsable del éxito o fracaso de los mismos. A fin de cuentas, la felicidad de los suyos depende de él, puesto que él los dirige.

Dado que tal manera de relación conyugal-familiar es contraria a la identidad con la que hemos sido creados, la misma fructifica en insatisfacción respecto de sí mismo y del otro y conduce, irremediablemente, a conflictos que atentan contra la estabilidad y la unidad de la pareja. Desafortunadamente, insistimos, una inadecuada interpretación de los pasajes bíblicos relativos al matrimonio, resulta ser el marco teórico que empuja a hombres y mujeres a relacionarse de manera tan destructiva. Conviene que, una vez más, consideremos lo que la Biblia dice al respecto.

Para empezar, no debemos olvidar nunca que hombre y mujer fuimos creados en un principio de igualdad. Al propósito divino de “hagamos al hombre”, sigue la declaración bíblica: “varón y hembra lo creó”. El relato de la presencia de Adán y Eva en el paraíso, destaca sobre todo el principio de equilibrio que guarda la Creación toda, incluyendo la relación entre los seres humanos. Adán era Adán y Eva, Eva. Cada quién él mismo y ambos en relación. La desafortunada experiencia de Eva con la serpiente, evidencia que la mujer era libre de tomar decisiones por sí misma; al igual que lo era Adán. En la desobediencia de ambos se hace evidente la libertad individual del ser humano.

Cuando Adán trata de justificarse ante el reclamo de Dios por su desobediencia, acusa a Eva, cierto, pero, cabe destacar, la identifica como su compañera. “La mujer que me diste como compañera”. Sin embargo, tal calidad de relación termina por el pecado. Dios, castiga a Adán y a Eva, modificando la calidad de iguales con la que fueron creados. Con ello hace evidente que el equilibrio que caracteriza a la Creación ha sido roto, habrá enemistad, trabajo improductivo, dolor, etc. En el caso particular de la mujer, Dios advierte que su deseo la llevará a su marido y él tendrá autoridad sobre ella.

Así, podemos ver el que la ascendencia del hombre por sobre la mujer es resultado del pecado y consecuencia del hecho de que la mujer pierde su identidad dado que hay una fuerza interior que la obliga a someterse a la voluntad del esposo; de la misma manera que las bestias se ven impelidas a devorar a otras. Tal es el sentido del término usado por el escritor bíblico. Es la naturaleza caída de la mujer, por el pecado, la que le lleva a necesitar compulsivamente de su marido.

Sin embargo, ni la ascendencia del hombre sobre la mujer, ni la necesidad compulsiva que la mujer tiene respecto de su marido, son elementos que contribuyen a la salud de la pareja. El hombre que controla, pronto se siente abrumado y fastidiado por tener que ser el responsable único de la salud de su familia. La mujer obligada a depender del marido en razón de su falta de identidad, pronto se llena de amargura y procurará vengarse del marido.

La salvación que hombres y mujeres recibimos en Cristo regenera en nosotros la identidad con la que hemos sido creados. Nunca será suficiente, menos demasiado, el recordar el principio bíblico de que, en Cristo, somos nuevas criaturas y que todas las cosas son, también nuevas. Por ello es que el Apóstol Pablo nos recuerda que, en Cristo, ya no hay diferencias cualitativas entre hombres y mujeres, así como tampoco las hay entre judíos y no judíos. En Cristo, Dios ha reconciliado todo consigo mismo. En consecuencia, en Cristo se recupera el principio de equilibrio que caracterizó el hecho de la Creación.

Es indispensable considerar tal realidad para poder comprender el principio neotestamentario de la sujeción. Este incluye, desde luego, la sujeción de la mujer al hombre, pero no se agota en ella. En Cristo no es solo la mujer la que se sujeta al hombre, este también se sujeta a la mujer y, en el cuerpo de Cristo, todos nos sujetamos unos a otros.

Vida y Palabra. Ministerio Casa de Pan. Pastor Adoniram Gaxiola

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