¡Yo, Tú, Nosotros! 2da parte

La falta de identidad pervierte el sentido del amor y lo transforma en codependencia. A la mujer se le advierte en Génesis 3.16, que su deseo –no su amor-, la mantendrá atada al señorío de su marido. NTV da un sentido especial a tal situación cuando traduce: … desearás controlar a tu marido, pero él gobernará sobre ti. Así, se trata, entonces, de que la mujer y el hombre recuperen su sentido de identidad y reconozcan la identidad del otro, como la base que propicia el desarrollo del amor. Erich Fromm viene a nuestro auxilio cuando nos recuerda que la paradoja del amor es, ser uno mismo, sin dejar de ser dos.

Difícil cosa resulta el estar dispuestos a respetar el derecho de nuestro cónyuge a ser él mismo y no lo que nosotros queremos que sea. Resulta que el problema no se origina en lo que el otro es, sino en lo que nosotros no somos. Pero, quien está en equilibrio personal puede enfrentar las tensiones que representan tanto el crecimiento, como de las incongruencias del otro. La razón es sencilla, lo que el otro es o hace no determina lo que yo soy. Mi condición de esposo no invalida mi condición de ser humano, con las capacidades, derechos y obligaciones que tal condición implican. Así, puedo darme el lujo de reconocer y respetar los derechos del otro pues estos no condicionan los míos propios. Además, dada nuestra relación de esposos, cuando el otro se sirve de su derecho para crecer como persona, también contribuye a mi propio crecimiento.

El reconocimiento de la condición del cónyuge como persona libre se dificulta porque conlleva el riesgo de la zozobra personal. Resulta interesante que el diccionario define la palabra zozobra, también como: Lance del juego de dados. Cuando uno está dispuesto a dejar que el otro sea él, no sabe lo que le espera. Esto provoca inquietud, aflicción y congoja del ánimo. Congoja: tortura, ahogo, tormento. La libertad del otro nos pone en riesgo, nos hace vulnerables. Sin embargo, para que el otro pueda ser quien es y esté, entonces, en condiciones de complementarnos, necesita ser libre y actuar libremente.

¿Cómo poder soportar tal ahogo, tal inquietud y aflicción? Lo primero es tomar en cuenta el hecho de que, dada nuestra relación matrimonial, nuestro pacto como pareja, el que el otro sea él no significa, necesariamente, que seamos menos nosotros. No significa, necesariamente, que nuestra unidad como pareja se debilite. Porque lo que nos une no es lo que el otro es o hace. Ni siquiera lo que yo soy o yo hago. Nuestro punto de referencia está más allá de nosotros. En el matrimonio, nuestro punto de referencia es Cristo. Siempre y cuando hayamos consagrado nuestra vida personal y nuestra relacional matrimonial a él y, por lo tanto, hayamos invocado de su bendición sobre nosotros.

En la película Lincoln, se atribuye al protagonista una cita de Euclides, el reconocido matemático griego: Cosas iguales a una tercera, son iguales entre sí. Permítanme proponer que el factor común que privilegia la estabilidad matrimonial y, por lo tanto, la capacidad para vivir la libertad del otro, es la relación que cada uno de los esposos tiene con Cristo. Porque, al estar unidos a Cristo, gozamos de la unidad subyacente que es fruto del Espíritu que habita en uno y en otro. Así, al ser iguales a Cristo (Juan 17.21, 23), somos iguales entre nosotros. No importa qué tan diferentes seamos o actuemos, seguimos siendo uno.

Desde luego, la ausencia de Cristo explica el fracaso de muchas parejas que no pueden soportar el peso de la libertad, de la identidad del otro. Y, no se trata sólo de las parejas a las que clasificamos como no cristianas. Sino aún a aquellas que profesando su fe en Cristo, no viven a Cristo ni en su persona, ni en su relación matrimonial.

Lejos de la pretensión de haber agotado el tema, podemos contribuir esta propuesta de reflexión asegurando que el éxito de la relación matrimonial pasa por el fortalecimiento de la individualidad de cada uno de sus integrantes, del fortalecimiento del yo. Que tal fortalecimiento propicia el desarrollo de nuestra capacidad para respetar la individualidad del cónyuge. Tal respeto no consiste sólo en la expectación pasiva de lo que el otro es y hace, sino en la colaboración comprometida que nos lleva a facilitar tanto el descubrimiento como el fortalecimiento de su propia identidad.

Finalmente, el éxito de la relación matrimonial pasa por desechar un conocido malentendido. Se trata de aquel que nos lleva a aproximarnos al matrimonio como una realidad represiva, limitante, coercitiva de nuestra libertad personal. No, el matrimonio no es la cárcel de la que tenemos que escapar, aunque a veces parezca serlo. El matrimonio es un espacio de libertad. Es el espacio donde yo puedo ser yo, sin tener que avergonzarme de ello. Como Adán y Eva, quienes andaban desnudos, pero no sentían vergüenza de andar así. Génesis 2.25

Mientras más yo, mientras más tú, más nosotros.

Pastor Adoniram Gaxiola